Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

ESPAÑA RELIGIOSA, ESPAÑA CRISTIANA, ESPAÑA CATÓLICA, ESPAÑA LAICA

Mt 5,14-16

««Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a las gentes, para que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo».

I Petr 3,15

«Dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza».

Rom 8,19-22

«La humanidad, ansiosa, aguarda impaciente a que se revele lo que es ser hijos de Dios. […] La creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto».

Lo religioso, lo cristiano y lo católico pueden considerarse desde dos puntos de vista distintos:

Evangélico.

Sociológico.

Históricamente, lo evangélico, como vivencia comunitaria (eclesial), estuvo vigente hasta la salida de las Catacumbas. A partir de la "paz de Constantino" (siglo IV), desapareció lo evangélico y apareció lo sociológico.

ESPAÑA RELIGIOSA

Lo religioso es la manera de relacionarse con Dios, concebido Éste de distintas maneras, según las diferentes creencias. Casi sin excepción, todo el mundo admite un "algo".

Lo religioso genuino es el reconocimiento de Dios como Supremo Hacedor.

La superstición y la idolatría son modos de religiosidad, pero, por definición, modos viciados, consistentes en creencias que atribuyen a personas, animales, objetos, palabras, gestos, sucesos, etc., lo que es propio exclusivamente de Dios.

Ser religioso no conduce a la transformación de la sociedad, pues, de suyo, lo religioso, en el mejor de los casos, se orienta a la salvación personal y a la justificación interior de las conciencias.

¿Es religiosa España? Sociológicamente, sí, mucho. Hay "vírgenes", "cristos" y "santos" por doquier. Fanatismos, por un tubo. Peregrinaciones, romerías, tradiciones… (No me refiero a la religiosidad genuina y sincera de cada cual).

ESPAÑA CRISTIANA

El cristianismo (sociológico) empieza con la supuesta evangelización de la Península Ibérica, en el mismo siglo I, por el apóstol Santiago, que se traduce en la devoción a la Virgen del Pilar y el "camino de Santiago".

Impuesto como religión oficial en el último siglo del Imperio Romano (s. V), sufrió las vicisitudes de una prolongada Edad Media:

- Los invasores germánicos (visigodos) eran arrianos; los hispano-romanos, católicos. El visigodo Recaredo se convirtió al catolicismo en el año 586 y, desde entonces, España es "católica" por obligación.

- Los moros invaden la Península en el año 711 y se entabla la Reconquista, como lucha entre "moros y cristianos".

ESPAÑA CATÓLICA

Terminada la Reconquista, los distintos reinos confluyeron en los Reyes Católicos, que configuraron convencionalmente la unidad de las Españas, a través de la unidad religiosa, incluyendo: a) la creación de la Inquisición española; b) la expulsión de los judíos; c) el bautismo forzoso de los moriscos; d) la reforma institucional del clero, a cargo del cardenal Cisneros.

La Iglesia española fue, desde entonces, un aparato dócil al servicio de la monarquía y los estamentos privilegiados.

El siglo XVI, al par que de Cervantes, lo fue de San Juan de la Cruz, Santa Teresa y San Ignacio de Loyola. Éste, fiel hijo del Renacimiento, imprimió un carácter individual e intimista a la religiosidad española (los "ejercicios espirituales").

Paralelamente, apareció la Leyenda Negra, que fijó el estereotipo del español como adusto, cruel, intolerante y supersticioso. Se identificaba lo español con el catolicismo más rancio. Buena parte de la mentalidad y literatura españolas están teñidas de esto. Siglos más tarde, Valle Inclán plasmó en tres adjetivos el retrato del eterno y quijotesco hidalgo español: "feo, católico y sentimental".

Con la caída del Antiguo Régimen, rematada por la Guerra Carlista, las bases económicas y el monopolio ideológico e intelectual del clero se vinieron abajo. A partir de entonces, pudo hablarse de dos Españas —Antonio Machado—: una, anticlerical; otra, católica integrista.

Llegó la Guerra Civil, que fue justificada por el clero como cruzada.

Con Franco, nació el nacional-catolicismo, que perduró hasta su muerte. Durante décadas, España fue la "reserva espiritual de Occidente", que resume una época de estrecha relación entre el Estado y la Iglesia (no superada del todo aún).

A partir de aquí, se plantea la necesidad de una España laica.

Para nuestros obispos, estamos ante la "ola-de-laicismo-que-nos-invade". Pero, ¿realmente el problema religioso en España es el laicismo?

Laicidad no significa una sociedad sin religión, sino una sociedad cuyas instituciones religiosas no son las que establecen las reglas de la vida social. Durante siglos, las instituciones religiosas han sido la instancia reguladora fundamental de la sociedad: el sentido de la vida, la cohesión social, el mundo de los valores, la ética o la moralidad, el arte… Lo que se podía ver y no ver, leer y no leer, hacer y no hacer… Hasta para encontrar trabajo hacía falta un certificado de buena conducta expedido por el cura.

La laicidad responde a la "autonomía de las realidades seculares [laicas]" proclamada por el Concilio Vaticano II.

(Otra cosa es el "laicismo" (terminado en "ismo"): comportamiento intransigente de los acérrimos defensores de los valores laicos e intolerancia para la fe y las instituciones religiosas).

La Iglesia atraviesa por una grave crisis: pérdida de vocaciones y de fieles. Rouco la atribuye a que

"vivimos insertos en una sociedad amenazada y afectada por un oscurecimiento de la esperanza, una sociedad que sufre la pérdida de la memoria y de la herencia cristiana".

No. Ello es consecuencia de la evolución de nuestra sociedad. Mas de la mitad de los españoles ha abandonado la religión que configuró la identidad nacional durante siglos, aunque, aún, una mayoría declara pertenecer a la religión católica.

Salvo una minoría de cristianos que permanecen fieles a su Iglesia, la inmensa mayoría vive más de la costumbre que de la fe. La religiosidad popular se manifiesta en romerías, fiestas folclóricas y ritos sociales con forma de sacramentos (bodas, bautizos, comuniones, funerales), ceremonias pasajeras celebradas más por la inercia de la tradición que por convicciones profundas.

Lo cristiano, para muchos, es una colección de devociones filtradas por las modas al uso; la fe se explica por "lo de toda la vida"; lo santo se convierte en "los santos"; la oración, en "rezos"; la Iglesia, en "templo"; la caridad, en "limosna"; el Reino de Dios, en la otra vida: la evangelización, en procesiones.

Más del 80% de españoles se declara católico en las encuestas, pero a la hora de la verdad, una inmensa mayoría no sigue los dictados del Vaticano, no cumple con sus preceptos y sigue los rituales más por costumbre que por fe.

¿Por qué, pues, seguimos pensando que España es un país católico?

Caminamos hacia una sociedad laica.

La laicidad es humanista y puede aportar grandes valores morales. El "Buen Samaritano" (Lc 10,33) y los que "dieron de comer a Cristo, sin conocerlo" (Mt 25,35), eran laicos.

Al reivindicar un Estado laico, no se pretende eliminar de la vida pública a las religiones, como temen los integristas. Se trata de crear un marco en el que quepan todas las creencias en igualdad de condiciones. Si los católicos decimos que la homosexualidad es, no sólo un pecado, sino también un delito, entonces, con el mismo derecho, los protestantes podrían decir que sacar imágenes en procesión a la calle es también un delito; los judíos deberían decir que trabajar los sábados es también delito; los musulmanes dirían que comer carne de cerdo o beber vino y cerveza es delito; los testigos de Jehová defenderían que hacer transfusiones de sangre debería ser penado por las leyes. Etc.

En un Estado laico, no se comprende la presencia de representantes de las autoridades públicas en ceremonias religiosas, como procesiones, funerales, elevación de obispos españoles al cardenalato, canonizaciones, beatificaciones, etc. Ni la financiación de la Iglesia.

Una cosa es la institución y, otra, la misión. La institución eclesiástica, sociológicamente, pretende ser una "sociedad perfecta", en el mismo plano que el Estado (así nos lo enseñaron). Pero, evangélicamente, la iglesia de Cristo es una misión: el ser la portadora de su mensaje. Cuando Jesús dijo a Pedro «sobre esta piedra edificaré mi iglesia» (Mt 16,18), se refería a lo que la palabra "iglesia" significaba en aquel momento, antes de haber evolucionado en sus connotaciones vaticanas: "comunidad reunida en asamblea", la que tenía que ser levadura y testimonio para convencer al mundo de que él era el enviado de Dios para construir una sociedad nueva (Reino de Dios), basada en la justicia, el amor y la unidad.

España, evangélicamente hablando, no ha sido ni cristiana ni católica desde la salida de las Catacumbas. A este paso, según los sociólogos (Alberto Moncada), dentro de cincuenta años ("un par de generaciones"), no quedará más que lo folclórico y lo de interés turístico.

«Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a las gentes, para que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo» (Mt 5,14-16).

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