Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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REVOLUCIÓN CRISTIANA (y V) LAS BIENAVENTURANZAS COMO REVOLUCIÓN CULTURAL, SOCIAL Y POLÍTICA «El Reino de Dios es semejante a un tesoro escondido en un campo; al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel» (Mt 13,44).Las bienaventuranzas como revolución cultural Las bienaventuranzas constituyen la quintaesencia de la cultura cristiana, que se resume en una palabra llamada Evangelio = buena noticia. Tienden a operar una revolución en el orden cultural del mundo. Tienden a ser la síntesis en la dialéctica de la historia. El mundo se debate entre el ser y el tener, la no-violencia y la violencia, la liberación y la alienación, la justicia y la injusticia, la compasión y la dureza, el amor y el odio, la paz y la guerra, la trascendencia y la inmanencia, la riqueza y la pobreza... Un mundo basado en tal dualidad es insoportable para la conciencia humana. Los valores representados por las bienaventuranzas constituyen el "término medio", la virtud, la síntesis. No deben ser consideradas como un conjunto de "consejitos evangélicos" para la perfección personal de "almas selectas". Constituyen la realidad cristiana (la constitución) del nuevo pueblo de Dios como tal. Constituyen puntos de referencia primordiales en la construcción y el cambio del mundo. Cuado Jesús anuncia la cercanía del Reino de Dios (Mc 1,15) y lo mismo encomienda a sus discípulos (Mt 10,7), lo que primero pide es la conversión personal y la lucha contra los malos espíritus. Esto, expresado por las bienaventuranzas, equivale a una verdadera revolución cultural que, pacientemente, vaya modificando a los hombres y las instituciones, los acontecimientos y las estructuras a lo largo de los tiempos. La constitución La Iglesia en el mundo actual ("Gaudium et Spes" , nº 53) del Concilio Vaticano II da la siguiente definición: «Con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano». Esta declaración compromete a todas las gentes, cristianas y no cristianas, a los hombres de toda convicción espiritual y representantes de todas las culturas. Es de una enorme importancia. A la luz de estas definiciones, las bienaventuranzas preconizan una cultura integral. Abarcan al hombre y a la sociedad de todos los tiempos. Son la cultura del Reino de Dios, tan vigente hoy como ayer. Potencial socio-político de las bienaventuranzas Durante los muchos siglos (porque han sido muchos) en que la Iglesia ha vivido en un régimen de cristiandad poderosa, identificada con las instituciones políticas cuando se tocaba la "marcha real" a los obispos, a las vírgenes de los pueblos y al "santo patrón" (cosa que sigue haciéndose), el llamado «sermón de la montaña» (capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de san Mateo) se convirtió en una piadosa recomendación de la práctica de los llamados "consejos evangélicos, para adquirir la perfección monacal (y para-monacal) y, así, tener más mérito ante el Señor. Mientras tanto, el mensaje cristiano ha quedado reducido a unas áreas privadas e intimistas, todo el potencial socio-político ha venido reservándose a los que detentan profesionalmente el oficio de «políticos». En las bienaventuranzas, se descubre la dimensión social de la fe: llevan consigo una opción clara por las clases más marginadas (oprimidas) de la sociedad de todos los tiempos; pretenden establecer las bases de un orden nuevo, un cambio de valores radical para que sea realidad la felicidad de los desgraciados; ponen de relieve que las situaciones de pobreza, injusticia, persecución, sufrimiento, violencia, esclavitud y miseria no son fenómenos naturales que surgen por azar y necesidad, sino que tienen su origen en un entramado de concausas personales y estructurales; desde su propia impotencia y desde la solidaridad de los pobres, denuncian, critican y contestan al poder opresor. De las bienaventuranzas se ha ofrecido, a lo largo de la historia del cristianismo, dos versiones: la profética y la burguesa. a) Lectura profética de las bienaventuranzas: La concreción profética de las bienaventuranzas se aprecia en la práctica de las primeras comunidades cristianas, que puede resumirse en la comunicación de bienes, a partir de una base socio-económica y de una solidaridad efectiva. «Los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos según la necesidad de cada uno; partían el pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón» (Act 2,44; 4,32). Por eso gozaban del favor del pueblo. El apóstol Santiago (Cfr. Sant 2,1-26 y 5,1-6) ofrece los criterios para una práctica socio-política de las bienaventuranzas, no cayendo en la trampa de reducir éstas a actitudes puramente interiores y privadas. Denuncia las discriminaciones que se hacen en favor de los ricos y en perjuicio de los pobres y señala a los ricos como opresores. Pone el dedo en la llaga al reconocer que la pobreza no es un hecho natural, fatal y necesario ante el cual haya que someterse, sino que tiene su raíz en los ricos, culpables de las desigualdades existentes entre los hombres. Desmitifica el poder de la riqueza sacando a la luz su podredumbre y, por tanto, su impotencia congénita, y reconoce la fuerza liberadora que se encierra en los braceros-esclavos de los patronos. Frente a la falsa felicidad que ofrecía el Imperio Romano a sus súbditos pan y circo (lo equivalente a coche y fútbol de hoy día), los primeros cristianos dibujan otra forma de «poder» liberador: proclamando el señorío de Jesús, anunciando el Reino de Dios, oponiéndose a dar culto al emperador, defendiendo con hechos y con palabras la resurrección y la victoria sobre la muerte, como concreción histórica de la convivencia humana y su promesa de inmortalidad futura. Esto fue posible teniendo en cuenta los componentes del cristianismo primitivo, que suponían un desafío permanente, desde su impotencia solidaria, al poder colonial. Quienes prestaron apoyo al cristianismo en sus orígenes
La comunidad cristiana constituía una hermandad libre de entusiastas oprimidos social y económicamente, que querían hacer saltar las cadenas de la esclavitud. b) Lectura burguesa de las bienaventuranzas. Cuando el cristianismo se convirtió en religión del Estado, y de las clases dirigentes del Imperio, las bienaventuranzas fueron relegadas a la intimidad. La Iglesia institucional se alió con los príncipes y el espíritu de este mundo. ¿Por qué de las bienaventuranzas se ha hecho mangas y capirotes? Me parece que las claves de tal desfiguración hay que buscarlas en lo siguiente: 1) Las bienaventuranzas han sido presentadas como algo privado e íntimo, como si el «sermón de la montaña» se redujera a unos cuantos consejitos para la propia perfección, desatendiendo sus dimensiones estructurales, comunitarias y públicas. 2) Se ha interpretado la práctica de las bienaventuranzas en relación con los demás como una práctica asistencial y benéfica, falsamente caritativa, actitud limosnera, creando, así, en las personas-objeto de dicha asistencia, actitudes y hábitos humillantes, como si tales personas fueran seres de tercera división. 3) La concepción estático-providencialista del orden y de la creación, consagrando divisiones de clases e imponiendo la aceptación de los «papeles» y funciones más ingratos a las capas marginadas de la sociedad dentro de un reparto arbitrario, que era calificado como providencial y divino. 4) Y lo grande es que la lectura de la clase opresora ha sido reconocida por la Iglesia como ortodoxa. El refugio de los débiles era la resignación. Desde esta perspectiva, la vida se convertía en «valle de lágrimas» para los pobres, a quienes las bienaventuranzas anunciaban una dicha ilimitada. Se impone una nueva educación, en la cual se capten vitalmente unos nuevos valores fundamentales humanos (los cristianos lo tenemos fácil). Hay una serie de valores (la dignidad de la persona humana, los derechos humanos, la igualdad de todos los hombres, la libertad, la ley, el respeto, la tolerancia mutua, la unidad del género humano y el ideal de paz entre los hombres ), que deben ser aprendidos desde niños. Son aquellas reglas elementales de la convivencia o moralidad humana, en las que coincidimos todas las gentes de buena voluntad, creyentes y no creyentes. Constituyen la "educación para la ciudadanía", de la que tan necesitados estamos. La "metanoia" (conversión) que pide el Evangelio (lo que algunos llaman "penitencia") es una conversión total. Es esa "revolución" pacífica necesaria, dicho con palabras actuales. No sólo una conversión interior o simplemente intelectual. Es un cambio radical del hombre como individuo y como ser social. Es el "hombre nuevo" de que habla San Pablo (Ef 2,15). El hombre es un "animal social". El cambio del hombre ha de abarcar lo interior y lo exterior, lo individual y lo social, lo inmanente y lo trascendente. No nos engañemos, no se puede ser cristiano si le sigue a uno gustando ser burgués. Pero, además, necesitamos una mística. Los que nos consideramos creyentes hemos de tener la valentía de romper con el círculo de motivos egoístas que nos atenazan; hemos de empezar a dar ejemplo de otros criterios para el negocio, la profesión, la diversión y el estudio Este es el testimonio profético, esto es ser «luz del mundo» que haga ver a todos, con hechos, que la clave transformadora es, como los distintos miembros pertenecientes al mismo cuerpo, la inclusión de las necesidades de todos los demás en la vida de cada uno. "El Reino de Dios es semejante a la levadura, que hace fermentar a toda la masa" (Mt 13,33). ¿Que todo esto es utopía? ¡Claro que es utopía! Como utopía es el Reino de Dios, es decir un proyecto de vida no estrenado en ningún lugar todavía, en el que las relaciones entre los seres humanos puedan desarrollarse en justicia, unidad y amor. |
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