Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

REVOLUCIÓN CRISTIANA (IV)

LA PERSECUCIÓN

«Dichosos los que viven perseguidos Por causa de su fidelidad,

porque esos tienen a Dios por rey» (Mt 5,10).

La sociedad basada en la ambición del poder, del prestigio y del dinero (Mt 4,9), no puede tolerar la existencia y la actividad de grupos cuyo modo de vivir niega las bases de su sistema. De ahí la persecución, que es la consecuencia inevitable de la opción por el Reinado de Dios.

La entrada en el proyecto de Jesús, el Reinado de Dios, lleva consigo inevitablemente la persecución. «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20).

Quien vive pacíficamente, en armonía con el sistema establecido (dinero, poder, prestigio), tiene que preguntarse seriamente si ha entrado o no ha entrado en el Reino de Dios. El verse perseguido es la señal más clara de que uno ha entrado en el proyecto de Jesús, en la nueva humanidad, en el Reinado de Dios. Sólo quienes tienen que soportar la persecución (la incomprensión, el desprecio…) son los que verdaderamente tienen a Dios por Rey.

Esta bienaventuranza es la más difícil de tragar; por eso, Jesús la amplía, para que quede claro que la persecución no es un fracaso, sino un éxito. "Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos […]; lo mismo persiguieron a los profetas que os han precedido" (Mt 5,11-12).

Lo cual quiere decir que "vosotros" sois los nuevos profetas.

Profeta es el que, en nombre de Dios, anuncia y denuncia. Anuncia el Reino de Dios, o sea la justicia —«buscad lo primero el Reino de Dios y su justicia…» (Mt 6,33)— y denuncia la injusticia del poder, del dinero y del prestigio, que es lo que constituye "el pecado del mundo".

Como "el que se pica, ajos come", todo el que se sienta tocado por la denuncia, tratará de defenderse. Para ello, procurará anular al profeta, bien matándolo, bien desprestigiándolo, bien desautorizándolo o bien despreciándolo. O sea, matará al mensajero.

El ejemplo por antonomasia es el de Jesús.

Jesús fue perseguido y muerto en un contexto muy preciso. Su muerte no fue tan sólo un sacrificio reclamado por la justicia divina; fue también el resultado de una sentencia dictada contra él por un tribunal humano. La muerte de Jesús fue la última consecuencia de un conflicto que venía agravándose, desde mucho tiempo antes, entre él y las autoridades religiosas y políticas de su pueblo. Los que leen el Evangelio, sobre todo el de San Juan, podrán darse cuenta de ello.

La conducta de Cristo era tan escandalosa, su doctrina era tan innovadora, que llegaba a afectar los cimientos mismos del sistema. Quienes vivían "chupando del bote" lo entendieron muy bien y reaccionaron enérgicamente contra aquellas peligrosas novedades que venían a poner en entredicho no sólo su poder, sino su misma razón de ser.

Lo primero es la justicia; el culto es una añadidura, que a veces es superflua e, incluso, ridícula. Si la justicia tiene prioridad sobre el culto; si las reglas de los lavatorios de manos nada significan ante el concepto de limpieza interior; si la misericordia vale más que los sacrificios, y el servicio al prójimo, más que los holocaustos, en ese caso se trastocaba por completo todo el orden de valores que hasta entonces estuvo vigente en Israel y por el cual venían velando con tanto celo sus autoridades. Estas, automáticamente, quedaban descalificadas. Si el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; si los mandamientos de la ley no sirven para santificar a nadie; si el templo ha perdido su condición de lugar privilegiado, ¿qué harán en adelante los guardianes del sábado, los intérpretes de la ley y los servidores del templo? Cristo habla de un Dios al que es posible adorar en cualquier parte y al que cualquier hombre tiene acceso directo, un Dios que no está vinculado a ningún recinto sacro, a ningún tiempo cíclico, a ningún ordenamiento jurídico, a ningún estamento oficial.

En el artículo del día 3 de febrero, decía:

Es evidente que una doctrina así afecta gravemente al orden social, no sólo al religioso, y esto en cualquier tipo de sociedad, no sólo en la sociedad teocrática de Israel. La enseñanza y la acción públicas de Cristo contienen un potencial subversivo muy superior a aquella intencionalidad política que sus enemigos le atribuyeron; representan la crítica más radical y general que jamás se haya hecho, una crítica que abarca a todas las instituciones, sistemas e ideologías. Jesucristo impugna todo género de poder terrenal, el poder económico explotador, el poder militar homicida, el poder social de las clases y las castas, el poder político que avasalla a los ciudadanos, el poder religioso que tiraniza las conciencias. Y seguirá impugnándolos hasta el último día, «cuando entregue el reino al Padre, después de haber destruido todo principado, señorío y potestad» (I Cor 15,24).

Cristo se halla en contradicción perenne con el orden. Nadie más revolucionario que él, nadie más radical. Había venido a «aplicar el hacha a la raíz» (Mt 3,10).

Ya desde el comienzo de su ministerio, Jesús obra de tal modo que suscita inmediatamente la persecución. Cristo fue el perseguido modelo, el prototipo de cuantos sufren persecución, lo mismo que fue el pobre por excelencia. Nadie como él tuvo hambre y sed de justicia, hasta el punto de ser perseguido y muerto por su causa.

«Y de la misma manera, todo el que se proponga vivir como buen cristiano, será perseguido» (2 Tim 3,12). ¿Quién puede extrañarse de ello? Ya lo había anunciado él mismo: «Un siervo no es más que su amo; a mí me han perseguido, igual harán con vosotros» (Jn 15,20). En su primera carta, Pedro repite casi literalmente esta bienaventuranza: «Dichosos vosotros si sufrís por la justicia» (1 Pe 3,14).

Juan el Bautista, ese profeta insobornable, fue decapitado por decir la verdad, por gritar la verdad (Mc 6,18). Quienes se empeñen en pronunciar estas palabras ante los poderosos del mundo, repitiéndolas una y otra vez, repitiéndolas en voz lo bastante alta, sepan que les espera, tarde o temprano, la misma suerte que al Bautista.

Es posible que tales hombres o mujeres no lleguen nunca a pensar que son perseguidos por causa de Cristo. El día del Juicio se asombrarán: «Señor, ¿cuándo te vimos perseguido y nos pusimos a tu lado? Y el Señor les contestará: Os lo aseguro, cada vez que lo hicisteis con uno de mis hermanos más pequeños, lo hicisteis conmigo» (Mt 25,40).

Actualmente, en muy pocos sitios se persigue a la gente por sus ideas religiosas. Hoy, los motivos de condena tienen que ver mucho más con la proclamación de la justicia que con la práctica de la religión.

En los primeros siglos, durante aquella época denominada con razón Era de los Mártires, se perseguía a los cristianos «por odio a la fe», de manera expresa.

Pero es necesario distinguir entre la Iglesia-institución (Iglesia instalada, "sociedad perfecta", la que salió de las Catacumbas y se instaló en el Capitolio), que, como tal, puede ser respetada, y la Iglesia-misión, la cual consiste en una comunidad anunciadora del Reino de Dios y denunciadora de todo aquello que a él se opone. Puesto que la injusticia es incompatible con el Reino de Dios, la Iglesia-misión (profética) no puede menos de denunciarla y reprobarla. Tal misión suele ser reprimida en el mismo sitio en que la institución es respetada, pues los defensores de un sistema injusto, lógicamente, harán todo lo posible para impedir que esa misión se lleve a cabo.

Lo ridículo, lo alienante, lo superficial, lo no comprometido y no comprometedor…, todo eso no está perseguido.

El "odio de la fe" apenas existe ya. Se habla del fundamentalismo islámico y, como excepción, de ciertos fanáticos que degüellan a la gente en "nombre de Dios".

Lo demás no es una persecución por la fe; es una persecución por la justicia. Óscar Romero e Ignacio Ellacuría son dos casos muy representativos de lo que es ser perseguido a causa de la justicia. Así fueron perseguidos y muertos los profetas que denunciaron la corrupción, la mentira, la infamia, la explotación, el abuso de poder, las desigualdades convencionales.

En España, institucionalmente hablando, ha habido, durante un tiempo, un cierto maridaje entre la Iglesia y el Estado, entre la cruz y la espada, "mitad monje y mitad soldado". Ha existido una época en España en que la Iglesia como institución era respetada y hasta privilegiada, incluso tocando la marcha real al llegar el obispo y salir la procesión, pero los curas que decían cosas parecidas a éstas eran detenidos como subversivos. La Iglesia, en sí misma (como sociedad perfecta), no tiene razón de ser. Fue instituida sólo para realizar esa sociedad nueva que Cristo anunciaba con el nombre de Reino de Dios.

Para anunciar convenientemente el Reino de Dios, la Iglesia ha de predicar sin descanso las bienaventuranzas. Una Iglesia que ama a todos, pero no se alía con nadie; que no teme ser tachada de subversiva por el poder constituido ni de reaccionaria por la revolución triunfante.

La Iglesia Católica cuenta, como sus notas definitorias, "Una, Santa, Católica y Apostólica" (después se le ha añadido "Romana", para distinguirla de la ortodoxa y de la protestante). Se ha olvidado de declarar su nota principal, la más evangélica: "Perseguida".

Si la Iglesia es perseguida, buena señal: está en el camino señalado por Jesús. Si no es perseguida... Y si, además de no ser perseguida, es ella la que persigue... En la Edad Media quemaba (mandaba quemar, "relegaba al brazo secular") a los herejes. Actualmente, hay más de 100 teólogos en cuarentena.

Que tiemble la Iglesia cuando es halagada y reverenciada por el mundo. «¡Ay si todos hablan bien de vosotros!» (Lc 6,26). Sería una Iglesia que ha abandonado sus deberes, infiel a su misión, adicta al mundo. «Si pertenecierais al mundo, el mundo os amaría como cosa suya» (Jn 15,19). Sería una Iglesia tal vez poderosa, pero ineficiente; festejada y tranquila en medio del mundo, pero sin paz interior y sin gozo; agasajada, rodeada de privilegios, pero absolutamente incapaz de sentir la felicidad propia de las bienaventuranzas. A una iglesia así, no la persiguen los poderosos; la persiguen los pobres.

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