Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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REVOLUCIÓN CRISTIANA (III) PUERTA DE ENTRADA «Dichosos los que eligen ser pobres, porque de ellos es el reino de Dios» (Mt 5,1). Los que eligen ser pobres ("los pobres de espíritu...") Esta primera bienaventuranza se presta a dos interpretaciones: 1) pobres en cuanto al espíritu; 2) pobres por el espíritu, es decir por una decisión, que brota de su profunda espiritualidad. La primera de estas dos posibles interpretaciones debe ser excluida, porque expresaría una afirmación absurda, a saber: dichosos los que tienen poco espíritu (pocas cualidades), encogidos, acomplejados, cobardes... Eso es una mera situación humana y sociológica, que no puede ser objeto de una especial bendición de Dios. Por otra parte, tampoco cabe decir que se trata de aquellos que viven interiormente desprendidos del dinero, aunque lo posean en abundancia. Eso es tener y no gastar, más en consonancia con la racanería que con el espíritu de pobreza. Este sentido está excluido del significado del término "pobres". Pocas cosas hay tan claras como ésta. Por tanto, nos queda la segunda interpretación: pobres por el espíritu. ¿Qué quiere decir eso? En las ideas del judaísmo de aquel tiempo, el espíritu del hombre expresa lo más profundo de la interioridad de la persona, en cuanto raíz o fuente de sus decisiones. Por tanto, la expresión "pobres por el espíritu" quiere decir que son pobres por decisión, opuesto a pobres por necesidad. Además, hay que tener en cuenta que, en la tradición judía, los términos anawim/aniyim designaban a los pobres sociológicos, que ponían su esperanza en Dios por no encontrar apoyo ni justicia en la sociedad. Jesús recoge este sentido e invita a elegir la condición de pobre (opción contra el dinero y el prestigio social), poniéndose en manos de Dios. Es decir, no se trata de la pobreza ascética, sino de la condición de aquellos que en realidad se desprenden del dinero, para compartirlo con los demás, como aparece claramente en el pasaje del joven rico (Mt 19, 21-24 par.): «En esto se le acercó uno y le dijo: Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna? El le dijo: [ ] Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. ¿Cuáles? Jesús dijo: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo. Dícele el joven: Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme. Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos. Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: Entonces, ¿quién podrá subsistir? [Ahora que viene un tío con "posibles", ¿lo echas? ¿Qué va a ser de nosotros?] Jesús, mirándolos fijamente, dijo: Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible». Un pobre, sin dejar de ser pobre, puede ser emprendedor y crear riqueza para los demás: puede inventar maneras de acomodar y distribuir los bienes naturales, que por naturaleza son comunes, lo más justa y equitativamente posible y no apropiárselos en beneficio propio. Es más, sacrificándose por otros. Ser pobre no significa ser un miserable, sino no acumular más pan del que puede digerir. Jesús proclama que las personas que toman esta decisión en la vida son dichosas, porque cambian el proyecto básico de poseer por el proyecto de compartir. En la práctica, se trata de personas que renuncian a acumular y retener bienes, porque su proyecto básico no es tener, sino compartir con los demás. Pero aquí hay algo más profundo. Dios había dicho: «No tendrás otros dioses frente a mí» (Deut 5,7). El peligro de idolatría, que amenazaba a los judíos en tiempos antiguos, se concreta ahora en la posesión de las riquezas. Jesús lo explica así: "Nadie puede estar al servicio de dos amos, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6, 24). El rival práctico y concreto de Dios es el dinero. Por eso, la idolatría moderna no es la que da adoración a divinidades falsas, sino la que pone su confianza y su seguridad en el dinero. Anuncio de Jesús: «El Espíritu del Señor descansa sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres» (Is 61, 1). Supongo que la mejor noticia para los pobres no es que los ricos se van a portar bien con Jesús y por eso van a ir al cielo. La gran noticia para los pobres es que "el Reino de Dios se acerca", una sociedad nueva de justicia, amor y unidad (las tres cosas esenciales, imprescindibles, del Reino). Pero, para entrar en él, hay que "hacer penitencia" (metanoia, cambio de mentalidad). Los ricos están desplazados de este Reino (Mt 19,23-24): «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de Dios. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios». No hay que sofisticar la frase. Un rico es un rico; un pobre es un pobre; un camello es un camello y una aguja es una aguja. Y lo dice Jesús, precisamente, cuando aquel joven bueno, que cumplía rigurosamente los mandamientos de Moisés, tiene miedo a comprometerse en las tareas del Reino: justicia, amor, unidad. ¿Que irá al cielo? Posiblemente. Para "heredar la vida eterna", basta con cumplir los "mandamientos": no matar, no robar... Pero, para entrar en el grupo de Jesús comprometerse en la construcción del Reino de Dios, se precisa algo más: la fe. La fe evangélica, claro, que no consiste en adherirse a ninguna "verdad" dogmática, sino a la persona de Jesús, fiarse de él y creer a pie juntillas que tiene razón en todo lo que hace y dice. Por consiguiente, seguir al "Hijo del Hombre", que no tiene dónde reclinar su cabeza (Lc 9,58). El Reino de Dios empieza por el espíritu de pobreza pareado. No por la pobreza espiritual (tacañería: tener y no gastar) ni por la carencia de "espíritu" (apocamiento, acomplejamiento). El espíritu de pobreza es la gallardía de liberarse de las torpes garras de la sociedad de consumo. La primera bienaventuranza no es, por tanto, una invitación a la resignación. Al contrario, es una llamada, una vocación, a la lucha contra la miseria de unos hombres y pueblos y contra la riqueza de otros. «Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por rey», es una invitación a hacerse pobres realmente. Es una llamada a construir un mundo en el que no haya míseros, a romper con la ambición y con el deseo de tener cada vez más, una propuesta de solidaridad con los pobres. La solidaridad con los más débiles es la expresión social del auténtico amor cristiano. Es una llamada a la revolución. Hay que acabar con esa resignación falsamente cristiana que es cómplice de la injusticia establecida; hay que acabar de una vez con esa mal llamada caridad cristiana, que no es otra cosa que un tranquilizante para las conciencias de los culpables de la pobreza. Esta es la primera bienaventuranza. El espíritu de pobreza es la puerta de entrada, la condición primera para entrar en el grupo de Jesús (hacerse cristiano). |
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