Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

REVOLUCIÓN CRISTIANA (I)

Estos artículos, durante toda la Cuaresma, se titularán así: "Revolución cristiana" (I – II – III – IV – y V). Responden —eso pretendo— a la proclamación revolucionaria de Cristo: "Convertíos". Y los distribuiré del modo siguiente:

Reino de Dios.

Características.

Puerta de entrada.

Persecución.

Las bienaventuranzas como revolución cultural, social y política.

EL REINO DE DIOS

«Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino Dios ha llegado» (Mt 4,17).

En el contexto general del Evangelio, este "convertíos" suena como revolucionario.

Revolución:

Definiciones aportadas por la RAE, entre otras:

— Acción y efecto de revolver o revolverse.

— Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación. Por extensión, rebelión, alboroto, sedición.

En cuanto a la primera acepción —"revolver" o "revolverse"—, caben multitud de sinónimos: agitar, remover, estremecer, zarandear…

A la acepción segunda ("cambio violento"…) yo le quitaría lo de "violento". La violencia es propia, más bien, de la rebelión, del alboroto y de la sedición. Hay revoluciones pacíficas: las culturales, por ejemplo.

El Renacimiento (siglos XV y XVI) fue cultural.

La Revolución Francesa (siglo XVIII) fue, al mismo tiempo, cultural y violenta.

La/s Revolución/es Rusa/s (siglo XX) fue/ron violenta/s solamente, sin haber dejado huella cultural. Lenin, antes de morir, consciente de su fracaso, dijo que habría necesitado cien Franciscos de Asís.

La/s Revolución/es Industrial/es es/son cultural/es, aunque de raíz económica.

En cualquier caso, para que se produzca el cambio, hay que agitar, remover, estremecer, zarandear…

Esto, dicho así, a grandes rasgos.

La proclamación del Bautista —"Cambiad de criterios y actitudes, porque el Reinado de Dios está cerca" (Mt 3,2)— y, luego, la de Jesús, exactamente la misma (Mt 4,17), tienen resonancias revolucionarias.

Uno y otro hablan del Reino de Dios como de una realidad conocida.

Lo del REINO DE DIOS tiene su historia:

El evangelio de San Marcos empieza de este modo (Mc 1,1): «así comenzó la buena noticia de Jesús-Mesías-hijo de Dios»

"Mesías" es una palabra heredada del AT. Significa "el ungido" (abreviación de "el rey ungido"). Por tanto, "Mesías" significa un rey nombrado por Dios.

Pero no es un rey cualquiera (porque a todos los reyes de Israel se les aplicó el título de "ungido"), sino una figura futura que constituía la esperanza del pueblo para una futura salvación.

Israel había fracasado y terminado en el destierro (deportación de Babilonia). Este fracaso se debía, en gran parte, a la monarquía. Ésta fue el principio de la ruina de Israel. Israel se regía por familias, sin ninguna autoridad central. Entonces se decía que Dios era el Rey. Cuando acontecía algún desorden o dificultad (invasión de enemigos —filisteos u otros pueblos de alrededor—, etc.), Dios suscitaba un carismático particular —hombre o mujer— especialmente dotado, que hacía la guerra contra el enemigo, lo derrotaba y volvía la paz al pueblo. Este era el régimen normal.

Pero, encontrándose Israel entre los grandes imperios del Oriente Medio, sentía el complejo de inferioridad de no tener un rey como tenían ellos. Eso de que Dios fuera su rey les parecía poco.

Y piden un rey.

Según una de las dos versiones del suceso que aparecen en el AT, Dios se opone al nombramiento del rey. El profeta Samuel, de parte de Dios, dice al pueblo (1 Sam 8,10) que se lo piense bien, pues eso lleva consigo infinitas cargas y la pérdida de la libertad.

Sin embargo, quieren un rey.

Ante la insistencia del pueblo, Dios lo concede.

Llega Saúl, que fracasa. Le sigue David, que libera al pueblo de los enemigos circunstantes. Viene después Salomón, hijo de David, que se convierte en el típico déspota asiático. Le sucede su hijo Roboam, brutísimo, al que los ancianos del pueblo van a pedir que no sea tan duro como su padre. Y el muy bestia les dice (1 Reyes 12,14): «Mi padre hizo pesado vuestro yugo, yo lo haré más pesado todavía. Mi padre os ha azotado con azotes, mas yo os azotaré con escorpiones».

Entonces, el pueblo se divide en dos naciones independientes, con una guerra continua, con una rencilla enorme entre los dos reinos, que acaba tan mal, que llegan los asirios y se los llevan deportados e Babilonia; destruyen el templo, destruyen Jerusalén y se acabó la independencia y el reino.

Después de aquellos setenta años de deportación, vuelve un pequeño residuo y empieza la segunda época: la de la Ley estrictamente observada. Ya no hay profetas. La profecía ha caído en descrédito. Son ya un pueblo sin identidad propia, porque no tienen independencia política. Para encontrar una identidad, se refugian en el estudio y la observancia minuciosa de la Ley, que es lo único que les queda. Así empieza el "rabinismo"

Persecuciones, resistencia, guerras, torturas…

En toda esta historia atormentada, se va dibujando la figura de un futuro rey que Dios mandaría: el "mesías", el "rey ungido", para salvar al pueblo de aquel desastre.

Naturalmente, la tentación del oprimido es el deseo de la "vuelta de la tortilla", no es simplemente salir de la opresión, sino, de alguna manera, tomarse el desquite.

Así, pues, la figura del Mesías, como rey y liberador, se va coloreando de todos los tintes de la venganza nacional.

Por supuesto, nadie soñaba con que ninguna institución antigua habría de desaparecer, ni el templo, ni la monarquía, ni la Ley; todo debía continuar, pero, como estaba mal dirigido, había que cambiar a los dirigentes, de forma que todo funcionase en el plan jerárquico que ellos concebían.

Esto se esperaba de diversas maneras:

Los saduceos (la clase dirigente, puesto que tenían el poder económico, político y religioso). Estos no tenían interés alguno por el Reinado de Dios, ni por el Mesías, ni por nada. Todo cambio les parecía peligroso, porque ponía en peligro su situación de privilegio.

Los fariseos (los observantes devotos de la Ley). Éstos decían que el Reinado de Dios vendría cuando el pueblo observara perfectamente la Ley (o sea, los 613 mandamientos, según el catálogo hecho por ellos). Eran unos espiritualistas inactivos, no comprometidos, pues, de hecho, no movían un dedo para mejorar la tristísima situación social en que se encontraba Palestina, donde había una enorme opresión y muchísima hambre. Decían: "Ya lo arreglará Dios; vamos a ser buenos y a cumplir la Ley, que ya se encargará Dios de solucionarlo". Y estos eran los guías espirituales del pueblo, sobre el que tenían un gran influjo.

Los zelotas (nacionalistas fanáticos) decían que había que hacer algo para que se acelerara la llegada de ese Reinado de Dios. Y eso lo concebían como una "guerra santa" contra los invasores, una guerra iniciada por iniciativa humana, pero en la que Dios intervendría milagrosamente por medio del Mesías. Proponían también una revolución política para sustituir a toda aquella jerarquía adinerada y traidora, colaboracionista con los romanos (los saduceos).

Los esenios (especie de monjes), en ruptura total con todas las instituciones: no iban al templo, ni aceptaban a los sumos sacerdotes ni a la jerarquía. Eran observantes de la Ley y vivían en el desierto, donde tenían sus ceremonias y sus ritos. Se consideraban "los elegidos", el auténtico Israel que heredaría todas las promesas.

Llega Jesús y proclama: «cambiad de modo de pensar, porque el Reino de Dios se acerca» (Mt 4,17).

El anuncio de Jesús da al traste con todo el triunfalismo judío: del templo no quedará piedra sobre piedra (Mt 24,2); los cedros del Líbano no serán trasplantados, pues el Reino de Dios es como un grano de mostaza; Sión no será la lumbrera del mundo: «Vosotros [mis discípulos] sois la luz del mundo» (Mt 5,14 ). «Se dijo a los antiguos..., pero yo os digo...» El Reinado de Dios no será cuestión de una guerra ni de un cambio de régimen, sino, como paso previo, de una opción personal por la justicia (Mt 6,33).

El Reino de Dios es un estilo de vida en el que de, un modo normal (no extraordinario), real (no puramente simbólico), se establecen unas condiciones objetivas en que sea posible la justicia, el amor y la unidad, propias y específicas de la Nueva Alianza. Las bienaventuranzas son la clave (la "constitución") del Reino de Dios. Mateo las presenta con una solemnidad extraordinaria ("Sermón de la Montaña").

Mt 4,25: «Lo siguieron grandes muchedumbres de gente llegadas de galilea» (la región norte de Palestina), Decapolis (la de enfrente, al otro lado del lago), Jerusalen (en el centro), Judea (la provincia del sur) y Transjordania (al otro lado del río).

Todo el pueblo bajo de Israel (ochlos), prácticamente, está siguiendo a Jesús. Ven en él una esperanza.

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