Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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FE CATÓLICA Y FE CRISTIANA (A propósito de la Nota de la Conferencia Episcopal) «Al ver la gente la señal que [Jesús] había realizado, decía: Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo» (Jn 6,14). «Y al entrar Jesús en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. ¿Quién es éste? preguntaban. Y la gente decía: Este es el profeta Jesús de Nazaret de Galilea» (Mt 21,10-11). «Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos". Respondió: Os digo que, si éstos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,39-40) El día 13.1.08, mi artículo semanal, titulado "Iglesia profética", estaba motivado por la manifestación del día 30.12.07 en defensa de la familia cristiana. Hoy, mi artículo, titulado "fe católica y fe cristiana" y subtitulado "a propósito de la Nota de la Conferencia Episcopal", obedece a razones parecidas, como una segunda parte, como variaciones sobre el mismo tema o, para quien lo reciba a disgusto, para "marear la perdiz". La Conferencia Episcopal ha emitido una nota sobre las elecciones del 9 de marzo, como "orientaciones para el ejercicio responsable del voto". Según el portavoz de La Conferencia Episcopal, los católicos "y todos los que deseen escuchar" a los obispos deben acudir a votar a partidos y programas "compatibles con la fe y las exigencias de la vida cristiana". "No todos los programas son igualmente compatibles con la fe". ¿Qué clase de fe? Una cosa es la fe católica y, otra, la fe cristiana. La fe católica consiste en la adhesión ciega a las formulaciones que presenta la Iglesia sobre ciertas conclusiones teológicas y sus derivaciones morales. La fe cristiana y la profecía están esencialmente relacionadas con el Reino de Dios: «Convertíos y creed en el Evangelio», se nos dice al imponernos la ceniza el miércoles anterior al principio de la Cuaresma. ¿Qué clase de orientaciones? Una cosa es la orientación política y, otra, la orientación profética. Profecía: "Convertíos". Así empezó el Bautista (Mt 3,2). "Convertíos". Así empezó Jesús (Mt 4,17). Lo cristiano y lo profético caben en el mismo vocablo: evangélico. No igualmente lo católico y lo político, aunque las referencias sean pretendidamente las mismas. Una cosa son las referencias evangélicas y, otra, la vivencias evangélicas. Lo evangélico nos remite a aquel grupo de creyentes que «todos vivían unidos y tenían todo en común y se repartía según la necesidad de cada uno» (Act 2,44); que «no tenía sino un solo corazón y una sola alma y nadie llamaba suyo a lo que tenía, sino que todo era en común entre ellos» (Act 4,32). Lo católico nos remite al cisma del siglo XI y a la "Reforma" protestante, que originaron la división de la iglesias. La raíz de ambos acontecimientos fue política (Constantino IX y Miguel Cerulario, por un lado, y Carlos V y Príncipes Electores alemanes, por otro). De allí salieron las tres ramas irreconciliables de Ortodoxos (s. XI), Protestantes y Católicos (s, XVI). Tras múltiples avatares, los católicos devinieron en una entidad híbrida, mitad religiosa, mitad política. La Iglesia católica es una confesión religiosa y un Estado, ambas cosas a la vez. Por tanto, el papa es, al mismo tiempo, un dirigente religioso y un jefe de Estado. Como dirigente religioso, puede llegar hasta la intimidad de las conciencias. Poder enorme. Como jefe de Estado, tiene mil millones de súbditos. Su "carta magna" es el Código de Derecho Canónico, pura ley. El Evangelio quedó aparcado; durante siglos, la Iglesia prohibió severamente la lectura de las Sagradas Escrituras sin un experto al lado que las interpretara. Es más, quedaba excomulgado ipso facto el que leyera la Biblia en la traducción de Valera (protestante). «Jesús los llamó y dijo: Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,25). «Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios; no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey». (I Petr 5,2). No resulta fácil imaginarse a Jesús de Nazaret revestido de los poderes y oropeles del jefe de Estado Vaticano. Es paradójico el título oficial del Pontífice: "Servus servorum Dei" (siervo de los siervos de Dios). No se trata de negar a los obispos su derecho a lanzar mensajes en la vida social, pero, cuado las "orientaciones" y las "iluminaciones" están teñidas de criterios políticos partidistas, lagarto, lagarto. Está claro que la Iglesia tiene derecho a expresarse, como cualquier institución. Pero la Iglesia no es solamente la Jerarquía (que, concretamente la actual, está asomando cierta "oreja" políticamente partidista). La Iglesia somos todos los que creemos en la Iglesia y, políticamente, podemos tener criterios muy diversos, respetables todos. La Iglesia es enormemente plural y en ella que caben las más diversas identidades y criterios políticos y sociales. Se dice que los toros, en los chiqueros, carecen de luz y, cuando han de salir a la plaza para ser lidiados, se guían por unas luces que previamente han sido encendidas para alumbrar un camino determinado, que es el que el toro sigue. Esto sería una "orientación"-"iluminación" política (un programa). Una doctrina (la evangélica, por ejemplo) sería lo equivalente a encender todas las luces al mismo tiempo, para que cada cual tome el camino que le apetezca para llegar a la plaza, por la derecha, por el centro o por la izquierda, o no tome ninguno y no entre en la plaza. Hay que ser políticos, desde luego. Ya he dicho en varias ocasiones y lo afirmo en mi libro Tiempo para pensar que el hombre es, según Aristóteles, un zoon politikon, un animal político. Y Jesús lo era, ¡pero no de partido! Jesús es el "cordero de Dios, que quita el pecado del mundo", sacerdote y profeta, promotor de una "polis" nueva, desde los cimientos, que él denomina Reino de Dios. Lo propio de la política de partido es la lucha enconada y las estrategias astutas por la conquista del poder y su permanencia en él. La Iglesia sacerdotal y profética tiene que atacar, proféticamente como hacían los profetas de verdad, al "pecado del mundo". La Iglesia, es decir lo que debería responder a esto: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino» (Lc 12,32). El "pecado del mundo". Estrujando el Evangelio, aparecen en esencia, en negativo, el dinero, el poder y el prestigio; en positivo, la justicia, el amor y la unidad. La actitud de Jesús aparece siempre, sin excepción, a contrapelo de los poderes convencionales, representativos del "pecado del mundo" su Reino no es de este mundo (sistema) y comprensivo y misericordioso con los pecados personales. Una cosa es el "pecado del mundo" (objetivo) y, otra, los pecados personales (subjetivos). El neoliberalismo capitalista ha logrado instaurar una nueva religión: la de los adoradores del dios-dinero. «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13). El neoliberalismo capitalista no sólo crea un modo de organización económica, sino un determinado tipo de ser humano. La condición del cliente determina la del funcionario. Triste es decirlo, pero la Iglesia católica se ha contagiado de las enfermedades del mundo: La enfermedad política Las decisiones se toman, con demasiada frecuencia, más en función de los intereses del partido que en función de los intereses reales del pueblo al que dice representar. De esta manera, lo que manda no es el ser del hombre, sino su dinero y el poder de los que se encuentran en la cumbre del sistema. La enfermedad cultural Igual que existe la idolatría del dinero y la idolatría del poder, no es menos verdad que existe la idolatría del prestigio. Todo está pensado y organizado, no para que el individuo sea él mismo en la pacífica convivencia con los demás, sino para que el individuo tenga un título que le facilite el imponerse a los demás, el sobresalir por encima de los otros y, si es posible, el dominar a los demás. Y lo peor de todo es que vemos este irracional proceso como la cosa más natural del mundo. Aquí entra la exigencia de la voz profética. Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios, como promesa de nuevas relaciones sociales, como anuncio de que el sufrimiento provocado por la injusticia se va a acabar. La llamada a sus seguidores es una convocatoria a la construcción de ese Reino en la tierra: «Buscad, lo primero, el Reinado de Dios y su justicia y todo lo demás lo tendréis como añadidura» (Mt 6,33). Esto ha sido olvidado y su hueco ha sido ocupado por una religiosidad individualista y falsamente espiritualista. El Reino de Dios se proclama proféticamente clamando contra el "pecado del mundo": igualdad frente al poder, pobreza frente a riqueza, servicio frente a fama y prestigio. Frente a un estilo de vida demoníaco (dinero, poder, prestigio) el estilo de vida feliz propuesto por Jesús (ética de la responsabilidad social, pobreza y lucha contra la miseria, humildad y búsqueda del amor entre iguales), cuya expresión concreta se contiene en los capítulos 5-7 de san Mateo. Esto, ciertamente, es una utopía (proyecto de vida no estrenado aún en ningún sitio), pero, para ser cristiano, hay que creer en ella y trabajar por acelerar su realización. Esta es la fe cristiana. Juan XXIII, contra viento y marea, creyó y parió su gran obra, el Concilio Vaticano II (voces proféticas en la Historia, ahogadas después por mentalidades inertes, ancladas en el mundo). Es evidente que una doctrina así afecta gravemente al orden social, no sólo al religioso, y esto en cualquier tipo de sociedad. La enseñanza y la acción públicas de Cristo contienen un potencial subversivo muy superior a aquella intencionalidad política que sus enemigos le atribuyeron; representan la crítica más radical y general que jamás se haya hecho, una crítica que abarca a todas las instituciones, sistemas e ideologías. Jesucristo impugna todo género de poder terrenal, el poder económico explotador, el poder militar homicida, el poder social de las clases y las castas, el poder político que avasalla a los ciudadanos, el poder religioso que tiraniza las conciencias. Y seguirá impugnándolos hasta el último día, «cuando entregue el reino al Padre, después de haber destruido todo principado, señorío y potestad» (I Cor 15,24). Jesús: «Os digo que si éstos callan gritarán las piedras» (Lc 19,40) ¿A quién refería "éstos"? A sus discípulos (Lc 19,39). Los discípulos "confesionales" están distraídos con otras cosas. La Jerarquía gasta la pólvora en salvas. En lugar de proponer valores superiores realmente basados en el Evangelio, propone valores de tono político, discutibles, relativos y de búsqueda de equilibrios de poder. La nota de marras parece un pulso al Estado. Creo que la inclinación de la Iglesia jerárquica a un partido político cualquiera no ayuda a crear un sentido de acogida en la Madre Iglesia, sino que abre la oportunidad de que "griten las piedras". |
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