Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

VISIÓN PESIMISTA

Act 11,21-26

«La mano del Señor estaba con ellos, y un crecido número recibió la fe y se convirtió al Señor.

La noticia de esto llegó a oídos de la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía.

Cuando llegó y vio la gracia de Dios se alegró y exhortaba a todos a permanecer, con corazón firme, unidos al Señor, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una considerable multitud se agregó al Señor.

Partió para Tarso en busca de Saulo y, en cuanto lo encontró, lo llevó a Antioquía. Estuvieron juntos durante un año entero en la Iglesia y adoctrinaron a una gran muchedumbre. En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de "cristianos"».

Los "cristianos" de aquel entonces conservaban frescas las enseñanzas del Maestro: justicia, unidad, amor, que, aun con sus "normales" fallos, era lo que predominaba.

Desde el otero de mis ochenta años, sentado en un cómodo sillón, calada mi boina al estilo de Baroja, voy desgranando multitud de divagaciones inconexas.

Nos fascinan el dinero, la riqueza industrial, los valores de la especulación, que son los que producen ese fenómeno económico-social actual, introyectado en las conciencias como la razón de ser y de vivir. Este es el criterio de valoración de las personas y de las cosas. De ahí el valor de la apariencia, de la hipocresía y la falta de sinceridad, tan frecuentes en las relaciones humanas.

Este efecto suele expresarse como «experiencia de la vida», pero no proviene de haber tratado a muchas personas, sino de haber sufrido las imperfecciones de unas cuantas, muy pocas. No es el conocimiento científico de la maldad humana, sino la experiencia de la pequeñez humana. Lo primero apenas produciría en nosotros la menor pesadumbre. Lo segundo es lo que realmente nos duele. No son los tigres, precisamente, ni las hienas, los animales les que más nos mortifican, sino los mosquitos. Sufrimos más por los pecados veniales de nuestros prójimos que por sus pecados mortales.

No es una simple sensación adquirida de repente. Es una nube de ideas pequeñas sobre un hervidero de sentimientos, del cual se levanta, a su vez, como vaho, otra nube de ideas, que son con frecuencia suposiciones certeras, —"piensa mal y acertarás", dice un refrán— mezcladas con juicios temerarios.

Entonces se comienza a ver:

que los hombres se estiman poco mutuamente y se aman poquísimo; de lo cual proceden todas las murmuraciones, pues nadie murmura del que ama;

que la mayor parte de los encuentros, líos y disgustos, provienen de la intervención de terceras personas; de donde infiere la necesidad del secreto, de la cautela, desconfianza y reserva;

que la sinceridad es casi siempre relativa y limitada, sujeta en mil casos al cálculo, a la diplomacia y a determinadas conveniencias del momento;

que en el fondo de las almas suele haber un secreto terrible, el más difícil de reconocer y el más difícil de revelar, y el que de hecho suele encubrirse más tenazmente; y es un conjunto de intenciones ruines;

que las gentes mienten más de lo que uno pensaba; y que hay un arte de mentir con destreza, que es el arte de tapar la mentira presente; y otro, más refinado aún, que es el arte de prevenir con maña el juicio ajeno, lo cual viene a ser la preparación de una mentira futura;

que la razón que se alega para obtener un permiso, conseguir un fin, justificar la propia conducta o prevenir juicios prudentemente desfavorables acerca de ella, es con frecuencia una razón rebuscada, posterior a las verdaderas causas; las cuales son, en último análisis, un gusto propio, un capricho, un "farol" o el temor de alguna cosa desagradable, dorado todo ello en las almas buenas con un barniz de gloria divina.

cuántos son y cuán eficaces los recursos que tiene el amor propio para salirse con la suya, y para vengarse o desquitarse sin alborotos, y para compensar ciertos daños personales, y para formar la conciencia de una manera artificial, lo cual no es formarla, sino deformarla y adormecerla.

Etc.

No es que, al sentirnos engañados por primera vez, aprendamos a engañar a los demás; o que, al ver por primera vez una bajeza, nos sintamos inclinados a imitarla, sino que ese conjunto de experiencias, que constituyen en buena parte la llamada experiencia de la vida, provoca en nuestro amor propio una reacción de defensa.

Y se produce un círculo vicioso o, como vulgarmente se dice, la pescadilla que se muerde la cola: a medida de que, por eso mismo, se hace uno cada vez menos amable, ve que es tratado cada vez con menos amabilidad, con lo cual las ideas antes adquiridas acerca de las personas toman aún más relieve, y se confirma uno mil veces en ellas, y se persuade hasta los tuétanos de que las gentes son tal como uno las conoce por experiencia.

Esta actitud es, sin duda, la más extendida entre los humanos, sin excluir a nadie.

Decía Jesús (actitud cristiana): «Os aseguro que, si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de Dios (Mt 18,3); «… de los que son como ellos es el Reino de Dios» (Mt 19,14). «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15); «la lámpara de tu cuerpo es tu ojo; si tu ojo está limpio, todo tu cuerpo estará limpio; si tu ojo está sucio, todo tu cuerpo estará en tinieblas» (Mt 6,22-23).

En religión, se ha impuesto la idea del «sálvese quien pueda»:

Yo nada anhelo,

yo soy feliz,

que el Rey del cielo

ya mora en mí…

(Y el que venga atrás, que arree).

Las encuestas sociológicas realizadas por CIRES descubren que la mayoría que declara ser católica lo es de por razones sociológicas o políticas, no por una verdadera convicción.

En los últimos años, la población española que mayoritariamente se declaraba católica ha disminuido notablemente. Más de tres cuartas parte de los que se declaran creyentes no son ya practicantes. Los agnósticos han crecido espectacularmente. Además, se da el fenómeno de una religiosidad difusa, manifestada en sectas, supersticiones y otras alternativas a las religiones tradicionales.

Los profesionales menos valorados en la mayoría de las encuestas son los sacerdotes, los funcionarios públicos, los jueces y los políticos. La Iglesia, como institución, también sale muy mal parada. Para los jóvenes, la religión y la política bajan a porcentajes mínimos.

Algunos obispos se percatan de ello, reconociendo lo que pasa a su alrededor: que España está en un proceso de descristianización creciente. Algún obispo se echa a sí mismo una gran culpa, diciendo humildemente que "debemos asumir nuestra responsabilidad, por no haber sabido transmitir el atractivo del Evangelio, por enseñar y exigir una serie de normas y doctrinas obsoletas, discutibles en una teología inteligente".

Muchos padres de religiosidad tradicional confiesan que quizá esa caída de ideales religiosos o políticos provenga de que no han sabido transmitir a sus hijos unos valores positivos en esos campos.

Todavía perdura en ambientes integristas la ridícula apologética religiosa que nos enseñaron, basada en las clasificaciones que nos oponen a los demás: "ese no es de los buenos, porque no está dentro de mi clase o mi partido, en donde estamos los buenos; y el que está enfrente es de los malos, porque no es como yo ni de los míos".

Nos convertimos en detentadores únicos y absolutos de la verdad.

España, aunque se diga lo contrario, no es cristiana, sino pagana con disfraz cristiano. Es, a lo más, católica y, esto, por connotación sociológica. No es cristiana la parafernalia folclórica que se ofrece como atracción turística. Ni son cristianas tantas beaterías, devociones inútiles (cuando no falsas) ni esa inmensa serie de creencias que más se acercan a la superstición que a la fe, y que aunque la fe sea su contenido último, se viven y practican como verdaderas supersticiones. En los hogares más piadosos, se reza el rosario, pero no se lee el Evangelio. Los católicos hemos sustituido la doctrina evangélica por el Catecismo y el Derecho Canónico.

Esto es lo que predomina.

Habrá quien preconice una vuelta a los valores religiosos; pero, independientemente de la opinión que se tenga sobre esta posibilidad, lo que se necesita para cristianizar el ambiente es una ética evangélica. Esto es lo que debe predominar —aun con los "normales" fallos— para poder calificar de cristiano a un colectivo cualquiera (nación, época, comunidad, etc.).

Y se necesita con urgencia.

«Señor, tú eres la luz que ilumina a toda criatura que viene a este mundo: ilumina nuestro espíritu con la claridad de tu gracia».

(Puedes dar tu opinión en "Entra al Foro")

[Inicio] [Santa María] [San Pedro] [Arciprestazgo] [Entra al Foro] [Noticias] [Religiosas/os] [Consejos] [Evangelización] [Acción Social] [Liturgia] [Homilía] [Recursos] [Reina de los Ángeles] [Gracias] [Enlaces]