Reflexión Semanal Por José Navarro Chaparro
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LA ENVIDIA Mc 7,20-23 Y decía Jesús: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas, fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre». Sant 3,13-16 «¿Hay entre vosotros quien tenga sabiduría o experiencia? Que muestre por su buena conducta las obras hechas con la dulzura de la sabiduría. Pero si tenéis en vuestro corazón amarga envidia y espíritu de contienda, no os jactéis ni mintáis contra la verdad. Tal sabiduría no desciende de lo alto, sino que es terrena, natural, demoníaca. Pues donde existen envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad». Es muy difícil encontrar a personas enteramente positivas, que vivan en positivo, sientan en positivo, que juzguen en positivo, que miren en positivo, tanto a las personas como a los acontecimientos. Son escasas las personas que se alegran con todo lo que es bueno y valioso, venga de donde venga. Tales personas son encantadoras, tienen el corazón limpio. «Dichosos los limpios de corazón, porque esos verán a Dios» (Mt 5,8). Todo es limpio para los que ven con ojos limpios. Jesús dice: «La lámpara de tu persona es tu ojo; si tu ojo está limpio, toda tu persona estará limpia, pero, si tu ojo está sucio, toda tu persona estará en tinieblas» (Mt 6,22-23) No son frecuentes tales personas. Son más frecuentes las del "sí, pero..." Tendemos más a ver los aspectos negativos; por eso, criticamos tanto. Y casi nunca somos objetivos; exageramos, hacemos de la mota una viga en el ojo ajeno, claro (Mt 7,3) ; porque no sabemos comprender; porque partimos de prejuicios; porque nos equivocamos en nuestra apreciaciones; porque, en lugar de "ver", interpretamos malévolamente, es decir, miramos con ojos sucios. Se leía en una pintada del "mayo francés": «Cuando el sabio apunta con el dedo a la luna, el imbécil se fija en el dedo». Sabemos que existe el mal. No somos ciegos ni ilusos. Existe el mal en las personas y en la sociedad. El mismo Jesús lo vio, lo fustigó, lo padeció. La denuncia y la crítica son necesarias. ¿Qué pasaría si no hubiera oposición, si no hubiera capacidad crítica y profética? Pero una cosa es la crítica y otra la detracción. La crítica es el arte atención: el arte de juzgar la calidad (la bondad, la verdad y la belleza) de las cosas. La crítica es un conjunto de juicios u opiniones sobre cualquier asunto. Es parte de la ciencia del conocimiento y de la lógica que estudia los criterios de verdad, de bondad y de belleza. Su contrario es la detracción, consistente en retorcer las cosas hasta desfigurarlas, para afearlas, para quitarles el mérito, la estima y el aplauso. Es como una crítica con retintín o, lo que es lo mismo, con mala leche. Es la difamación (destrucción de la fama), mediante la interpretación maliciosa de los hechos objetivos. Todo ello, murmurado, o sea conversado babosamente en ausencia del perjudicado. Si, además, lo que se comenta es mentira, constituye la calumnia, es decir acusación falsa, con intención de perjudicar. Detracción, difamación, murmuración, calumnia: he aquí cuatro corrupciones morbosas de la crítica, muy utilizadas en las verdulerías, en las revistas del corazón y del culo y en ciertos programas nauseabundos de la tele y la radio, en los que tan frecuentemente se practica el lenguaje viperino. (¡Y da un gustillo !) La palabra "envidia" procede del latín, invidia derivado a su vez de invidere que significa mirar con malos ojos (Videre in = ver contra). Envidia, nos decía el catecismo, es tristeza ante el bien ajeno. Lo que sufre alguien al ver lo que es o tiene otro/a; un sentimiento de insatisfacción que corroe el interior de una persona a la vista de los valores que posee otra; valores materiales, físicos, psicológicos, intelectuales, espirituales, etc. El reverso de la envidia no es otra cosa que la alegría ante el mal ajeno. Al envidioso nada le contenta. Séneca decía: nulli ad aliena respicienti sua placent, (quien mira demasiado las cosas ajenas no goza con las propias). Su atención está más dirigida hacia cómo va la vida de los demás que la propia. Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza guardan su presa y lloran lo que el vecino alcanza; ni pasa su infortunio ni goza su riqueza, le hieren y acongojan fortuna y malandanza.. (Antonio Machado) No hay hombre tan desdichado que no tenga un envidioso ni hay hombre tan venturoso que no tenga un envidiado. (Calderón de la Barca) Sigue diciendo Séneca: nostra nos sine comparatione delectent: nunquam erit felix quem torquebit felicior, (contentémonos con lo nuestro, sin hacer comparaciones; nunca será feliz aquel a quien atormente que exista otro más feliz que él). Quevedo retrata los efectos de la envidia así: «la envidia va tan flaca y amarilla, porque muerde y no come». ¿En dónde colocamos a los celos, en la envidia o en el amor? ¿O en la mezcla de ambos? (Yo no entro en este asunto, porque, si me meto, no sabré cómo salir). Lo único que puedo decir es que siento lástima de las personas celosas, porque los celos no dejan de ser una enfermedad más o menos grave (dependiendo, claro está, de lo justificados que estén los "recelos"). La envidia no es igual que emulación. Ésta, diríamos , es una envidia buena, la otra cara de la envidia, su vertiente positiva: sentimiento noble de superación personal, lo que, en el lenguaje coloquial, se llama envidia sana. La propia persona, gracias a un esfuerzo de su voluntad y estimulada por el triunfo ajeno, se lanza a empresas humanas de altura. Emular es imitar con competitividad sana triunfos y ejemplos positivos observados a otras personas. Cuenta San Agustín, "bala perdida" en su juventud, que tuvo una visión en la que multitud de santos y santas, ataviados con vestiduras celestiales, celebraban su triunfo sobre la vida. Agustín, espoleado por tal visión, se dijo a sí mismo: «¿Y no voy a poder yo lo que éstos y éstas?» Y ahí lo tenemos. Las principales formas de envidia son: La envidia propiamente dicha. Su diagnóstico es el más fácil de todos. Es la envidia que se esconde detrás de una seudocrítica feroz que trata de rebajar la fama y dignidad ajenas. La envidia enmascarada. Puede disfrazarse de los más variados sentimientos: celos, orgullo, vanidad, desprecio, escepticismo, etc. En los recovecos de cada uno de ellos, se adivina la porquería que ha ido dejando el ánimo envidioso. Unas veces se trata de una búsqueda incesante de lo malo del prójimo; otras, de un desprecio por todo lo referente a los demás, siempre y cuando tenga algún tinte positivo; otras veces es una actitud fría, calculadora, seca, distante, incapaz de vibrar ante nada ajeno y que puede dar la apariencia de una cierta ecuanimidad de juicio o una prudencia mal entendida, pero que en realidad esconde una buena dosis de envidia. En otras ocasiones se utilizan caminos torcidos, como el elogio acompañado de un comentario de fondo hiriente y venenoso (sí, pero...). Todos adolecemos de envidia, en mayor o menor grado, en unos momentos u otros, según las circunstancias. La envidia es una de las pasiones humanas más universales y con raíces más profundas. Por su misma condición, la envidia es algo inconfesable, ya que es vergonzosa y descalifica a la condición humana. Uno se puede confesar desordenado, soberbio, tímido, poco generoso, pero rarísima vez envidioso. La envidia estropea la personalidad del que la padece. La envidia es una de las actitudes más desafortunadas de la naturaleza humana. No sólo hace daño, sino que ella misma se va haciendo desgraciada a causa de su mal. La envidia es un serio obstáculo para la felicidad, del mismo modo que la capacidad de admirar la aumenta en sentido contrario. La civilización actual, por su exceso de competitividad y de superficialidad, fomenta los hábitos envidiosos. Muchas envidias son puramente profesionales, desencadenan posturas muchas veces irreductibles, verdaderas orgías de odio apasionado. Lo cual hace que nos preguntamos: la envidia ¿es un hecho natural o es un hecho cultural? Una pregunta peligrosa, para que cada cual se la conteste a sí mismo: ¿en qué corazón anida más la envidia, en el masculino o en el femenino? Pistas: la literatura universal propende a dar a la envidia nombre de mujer, cuyo símbolo es la madrastra que consulta a su espejo mágico. Pero démonos una vuelta por el mundillo de la política, el mundillo de la farándula, el mundillo de la moda, el mundillo de la economía, el mundillo de la enseñanza, el mundillo clerical |
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