Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

LA PAZ

Jn 14,27

«Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo».

El uno de enero, celebrábamos el día mundial de la paz.

«Paz» es una de las palabras más manidas, hoy, en todo el mundo: asambleas internacionales, medios de comunicación, colectivos humanitaristas, tertulias de café y hasta las tareas escolares. Mal deben colmarse los anhelos, cuando, al menos los cristianos, siempre despedimos a nuestros difuntos deseándoles que «descansen en paz».

¿Es que, para lograr la paz, hay que abandonar este mundo? ¿Acaso los humanos somos incapaces de conquistar en esta vida esa paz por la que no cesamos de suspirar?

En realidad, a los muertos no se les desea paz, sino tranquilidad, que es cosa muy distinta.

La historia es un libro abierto en donde dominan las pasiones, las luchas y las intrigas; falta, en cambio, esa convivencia armónica que todos asociamos con la paz: el mundo se desangra en guerras absurdas. Mientras tanto, no cesan de organizarse movimientos por esa paz, que nunca acaba de llegar.

La paz no llegará mientras no se derrumbe la infinidad de muros que la estupidez humana no cesa de levantar. Toda posible solución exige adentrarse antes en el complejo entramado del egoísmo humano. Dios llamará "hijos suyos" a los constructores de la paz (Mt 5,9).

¿Tan difícil es poner fin a las guerras y vivir de una vez en paz? ¿Es imposible poner fin a los comportamientos egoístas?

«Mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo», dice Jesús.

¿Cómo la da Jesús y cómo la da el mundo?

Aunque me ponga un poquillo técnico, se hace imprescindible escarbar en el contenido conceptual de la palabra "paz". La paz de la que Cristo hablaba es la paz con sentido hebreoshalom») —Cristo era hebreo—; la que el mundo da es la paz con sentido griegoeirene»). Ambas palabras («shalom»/«eirene») pretenden connotar lo que hoy definimos como paz. Pero nunca dos palabras significan exactamente lo mismo en dos idiomas distintos. La «shalom» hebrea presenta matices que la diferencian de la «eirene» griega, de la «peace» inglesa y de la «paz» española.

Para valorar la visión personal que Jesús tiene de la paz («mi paz os doy»), es preciso remontarse al sentido en que el judaísmo utilizaba este concepto, tanto en su vertiente hebrea como griega. Es que, a raíz de la gesta de Alejandro Magno (s. IV a. C.), el Medio Oriente quedó impregnado de cultura griega, llegando a ser del todo normal que hasta los judíos formularan sus convicciones religiosas en el marco de esta nueva cultura.

Ello explica que, si se quiere evaluar el sentir del judaísmo sobre la paz, se ha de comenzar con un análisis de «shalom» y de «eirene», encuadrando ambos conceptos en su correspondiente marco religioso y cultural.

Proceso evolutivo de la «shalom» hebrea

En sus orígenes, la reflexión teológica del pueblo hebreo se expresa en categorías casi exclusivamente comunitarias. Con ellas, pretende afianzar, ante todo, los nexos pueblo-Dios. El aspecto personal de los individuos se queda fuera. Ello explica que el concepto «shalom» sugiera la ausencia de cuantos influjos externos pueden inquietar al pueblo; entre ellos, la guerra, claro. Pero no basta con que no halla guerra; la «shalom» bíblica exige, además, una vivencia colectiva sazonada

— de bienestar (Jue 19,20),

— de serenidad (Sal 73,3),

— de salud corporal (Sal 38,4),

— de sosiego espiritual (Sal 4,9),

— de comprensión interhumana (I Re 5,26).

El ideal de «shalom» recibió un nuevo impulso con la proclamación de los profetas, que, poco a poco, fueron vinculando la paz con la salvación (Cfr. Is 54,7): el pueblo lograría sentirse a salvo sólo cuando instaurara un régimen sociopolítico y religioso donde se alcanzaran todos los objetivos de la «shalom». El profeta Ezequiel le atribuyó el sentido de la responsabilidad personal.

Por tanto, «shalom» llegó a adquirir una clara connotación mesiánica. Se significaba con ello la fase de bienestar y felicidad que sería patrimonio de todos los fieles cuando el Mesías instaurase su Reino. A fin de que todo ello se hiciera pronta realidad, la palabra «shalom» llegó a convertirse en fórmula de saludo y despedida, con la que cada judío consignaba su expectación mesiánica (Num 6,23-26):

«El Señor te bendiga y te guarde,

ilumine su rostro sobre ti

y te conceda su favor.

El Señor se fije en ti

y haga descender sobre ti su paz»

En los tiempos cercanos a Jesús, la "paz" muestra gran semejanza con la paz que ofrece el mensaje evangélico.

Proceso evolutivo de la «eirene» griega

«Eirene» es un vocablo de raíz griega, con el que ya en los orígenes se pretendía connotar una situación colectiva donde no tuviera cabida la guerra. Los clásicos griegos convierten, pues, la paz en el antídoto o reverso de la guerra. Ambas se autoexcluyen. Es muy frecuente ver contrapuesto lo «eirenikos» (pacifico) a lo «polemikos» (belicoso). Ello no implica que tal vocablo estuviera siempre asociado a temas bélicos. Los griegos eran muy conscientes de que, cuando las guerras se alejaban de su horizonte, estaban en óptimas condiciones para explotar una serie de valores sociales y humanos, cuyo afianzamiento exigía un marco de serenidad colectiva. Esta favorecía la convivencia de los ciudadanos, cada uno de los cuales podía forjar una paz interior que le permitía vivir mucho más a gusto.

La cultura helénica se adentró en el alma judía a raíz de las conquistas de Alejandro Magno (s. IV a. C.). Fue tal el impacto causado por el reto cultural de los griegos que muchos judíos llegaron a olvidar incluso su lengua materna.

Tan pronto como los textos sagrados se tradujeron al griego, se hizo inevitable cuestionar hasta qué punto se respetaba en ellos el genuino mensaje de las fuentes. Ciertos matices de la «shalom» casi se pierden, una vez encuadrados en la «eirene» griega.

La «eirene» queda, pues, muy vinculada con la salvación, en tanto que la «shalom» queda vinculada a la justicia:

"La paz es obra de la justicia" (Is 32,17);

"La justicia y la paz se besan" (Ps 85,11).

Nuevo Testamento:

¿«Shalom» o «eirene»? Cuando los evangelistas aluden a la paz ¿se refieren a la «eirene» griega o a la «shalom» hebrea? Despejar esta incógnita es de vital importancia, para esbozar una síntesis del mensaje que Jesús brindó a cuantos desean comprometerse seriamente en la difícil empresa de construir la paz.

Jesús: paz y plenitud mesiánica

La paz que Jesús brinda sólo podrá evaluarla quien la encuadre en el concepto no sólo de la «eirene» griega, sino también de la «shalom» hebrea.

Todo el mensaje de Jesús gira en torno al Reino de Dios. Este mismo asunto era el que inquietaba a los profetas y constituía la esperanza del pueblo hebreo. Tanto que, a fin de infundir ánimos al pueblo en los momentos de crisis o desencanto, los profetas lo invitaban a mirar hacia el futuro: tarde o temprano, llegaría el famoso y enigmático «día de Yahvé» y con el se inauguraría una época de felicidad y esplendor para cuantos se hubieran mantenido fieles a Dios.

El «día de Yahvé» fue asociándose, cada vez más y de forma más directa, con la llegada del Mesías. Cuando éste irrumpiera en la historia del pueblo, dejaría sentir su presencia Yahvé, entablando una lucha encarnizada contra el imperio del mal. La victoria de las huestes divinas comandadas por el Mesías fijaría las bases de un nuevo Reino, en el que sólo tuviera cabida la paz que generan la justicia, la unidad y el amor.

«Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14,27).

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