Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

¿TIENE SENTIDO CELEBRAR LA NAVIDAD?

Lc 2,9-20

«Se les presentó el Angel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El ángel les dijo:

—No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo:

os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor. Esto os servirá de señal:, encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

De pronto, se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:

—Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.

Y sucedió que, cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros:

—Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.

Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño».

¿Tiene HOY sentido celebrar esto?

En negativo: No tiene sentido.

La Navidad se cierne como un verdadero temporal del consumo. Los millones de botellas de champán que saltan esta noche en todos los rincones de Occidente, en honor de un pobrecito niño nacido en Galilea, hace dos mil y pico años, es un malentendido que resume la historia cristiana.

Debemos preguntarnos si podemos mantener un tipo de Navidad que consta, principalmente, de trasiego de cestas o devolución obligada de "compromisos".

A poco que nos dejemos influir por lo que significa la Navidad en la época que estamos atravesando, nos negaremos frontalmente, con solidaria decisión, a montarnos en el carrusel de unas navidades, entendidas como verbena o como orgía del consumo.

Para muchos, el sentido de la Navidad se ha evaporado. Les resulta embarazoso forzar un calor hogareño artificial en familias en las que reina un clima de hostilidad, de indiferencia, o se tirita afectivamente de frío. Muchos sienten repugnancia a refugiarse en lo que puedan representar unos villancicos simples y a veces ramplones.

Navidad no es ya una fiesta. Es una feria, en donde se vende y se compra a la sombra de un abeto y a la luz de unas lámparas de colorines. La publicidad se ha apoderado de todos los contenidos cristianos navideños: la estrella de Oriente, los magos, el villancico, la infancia. Los grandes y pequeños almacenes hacen su agosto en estos días a cuenta de ese viejo gordinflón, "Papá Noel", que nadie sabe de dónde ha salido. Los temas y símbolos que algún día fueron signos de misterio y de milagro, son, hoy, solamente señales dirigidas al consumidor, guiños publicitarios. Del patrimonio simbólico cristiano se ha pasado a la «propaganda» de un fabuloso mercado de cosas inútiles y superfluas.

Lo que celebran muchos con motivo de Navidad es una auténtica mascarada.

«Dulce y amarga y caliente y picante [Navidad], porque en navidades se come y se bebe de todo. ¿Por qué unas fiestas tan espirituales hemos dado en celebrarlas comiendo? Hay como un hambre metafísica, a partir de mediados de diciembre, que no se sacia con nada hasta después de Reyes. Quizá confundimos el vacío espiritual con el vacío estomacal. La ausencia teológica de Dios [...] produce siempre un vacío interior que en vano tratamos de llenar con nueces, pavos, champán, faisanes, mazapán y grandes lubinas [...]. Aquí debe de haber algún error. ¿Qué hambre queremos matar con tanto turrón?» (Francisco Umbral)

Creo que ha llegado la hora de preguntarnos si no sería misión de la Iglesia el suprimir la fiesta religiosa de navidad en nuestro mundo occidental, para salvaguardarla de su perversión definitiva.

Como tímida compensación, en medio del griterío de esa feria, se oye algún llamamiento a una «beneficencia» —campañas de Navidad, "un juguete, una ilusión"...— que trata de echar remiendos a los harapos en que está rota la justicia.

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En positivo: Sí tiene sentido.

Celebrar la Navidad cristianamente es un compromiso de fe. Creer que Jesús ha nacido es comprometerse para que su nacimiento sea eficaz en la construcción de una vida nueva.

Celebrar el comienzo de una vida así tiene sentido. Tanto que, después de más de veinte siglos, millones y millones de hombres y de mujeres, en todas las partes de la tierra siguen celebrándolo. Tiene sentido porque, ya en el comienzo, está contenido de alguna manera todo lo que iba a venir después: el Mesías prometido, el Salvador anunciado entra en la historia individual y colectiva.

Está claro que el significado de la Navidad se centra en Jesús de Nazaret y se entiende en radicalidad a partir de Él. Jesús de Nazaret no es sólo una fecha ni un individuo humano cualquiera, ni se identifica con lo que los cristianos hayamos podido hacer de Él a lo largo de la historia.

La Navidad implica muchas más cosas que las que celebramos por estas fechas. Porque Jesús de Nazaret es vida, libertad, amor, justicia, opción por los pobres, fraternidad universal, Dios cercano y amigo nuestro… En consecuencia, solidaridad y amistad compartidas, reuniones en familia y con los amigos, turrón, champán, música, alegría, pero como expresión de un nacimiento comunitario y exigencia de solidaridad y compromiso universal.

La vida de Jesús tiene un momento inicial, pero no se agota en ese momento ni se reduce a un día. Es un proyecto, un estilo, y, para los que celebramos su aniversario, un desafío. Incluso, por debajo de todas las extravagancias y enajenaciones con que muchos celebran la Navidad, subyace, como un reclamo incesante, el fondo de la Navidad original y verdadera: Jesús de Nazaret.

Navidad viene a transmitir a los hombres unas verdades, tan necesarias como el aire y la luz. Navidad recuerda y hace presente que el Dios inabarcable ha entrado en nuestra historia y ha asumido nuestro destino. Al hacerlo así, Jesús de Nazaret es no sólo un hombre concreto. Es también un programa. Mejor aún, un horizonte utópico de y para la humanidad. Es el prototipo de hombre en quien se han resuelto, para siempre y por fin, las contradicciones del mal, del egoísmo, del sin sentido, de la muerte. En Él, hemos alcanzado nuestra verdadera estatura.

La Navidad es para nosotros una necesidad y una gracia. Porque nos desvela el verdadero sentido de la fraternidad, del amor solidario, desbordado hasta el perdón de los enemigos. Del amor comprometido, que llega a poner al hombre por encima de la ley, del sábado y del templo. Navidad se concreta en unos hombres y mujeres honestos, de buena voluntad que por fidelidad al mensaje de Jesús, emprendan y acepten, sin trapacerías, entre otras cosas, una más justa redistribución de la riqueza, un freno responsable a la fiebre consumista, la aspiración operativa a una comunidad nacional, más fraterna, más definitivamente reconciliada.

La Navidad debe hacernos especialmente sensibles a la justicia (sin la cual es quimérica toda fraternidad), a nuestros excesos consumistas que siguen subrayando nuestros privilegios, a la enorme desigualdad existente en nuestra sociedad. Debe hacernos lúcidamente conscientes de que estamos instalados en un sistema social injusto, de que somos habitualmente cómplices de las reglas y las trampas que perpetúan ese sistema, de que los bienes que disfrutamos están muchas veces viciados por el fraude de nuestra productividad, de nuestra contribución fiscal, de nuestras responsabilidades públicas. De que somos cómplices de eso que se ha venido en llamar la gran "chapuza nacional", con la que se enriquecen algunos y nos empobrecemos casi todos.

Es fácil cantar villancicos, caliente y bien comido, a un Jesús de barro; es más difícil vivir comprometido y compartiendo lo propio con ese Jesús de carne que son los desheredados en tantos aspectos, de nuestro tiempo. Pero el Jesús que nació pobre y sigue estando de manera especialmente significativa entre los pobres. En la solidaridad hacia los menos afortunados estamos seguros de encontrarle.

Sólo la apertura a los demás, la preocupación atenta a los problemas ajenos que se convierten en propios, la solidaridad a nivel privado y público, y la conciencia humilde de que siempre es posible hacer más, nos traerán, paradójicamente, la paz profunda de la Navidad.

Moltmann escribió que la esperanza cristiana, que brota de la Navidad, es una "esperanza que contradice a los optimistas vanidosos y a los vanidosos pesimistas". Si estamos dispuestos a escuchar el latido profundo de la Navidad y su mensaje, la Navidad pondrá en nosotros una mirada más generosa sobre el presente. Y nos dará una visión más clarividente sobre el futuro. Podremos acercarnos a él —en cierto sentido es ya hijo nuestro— con una actitud de limpia paternidad. Y desde ella, también a nosotros nos será posible decir:

"Mañana, hijo, todo será distinto.

Se marchará la angustia por la puerta del fondo

que han de cerrar, por siempre

las manos de hombres nuevos."

Estas palabras fueron escritas en una prisión, no importa cuál, por un mártir de la esperanza. La que renace en nosotros todos los años, abriéndose paso a través de una desilusión encallecida. La que hace posible un futuro luminoso, abierto para siempre, en la primera Navidad de todas, en Jesús de Nazaret.

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