Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

SOLIDARIDAD

Cor 12,12-30

«Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.

Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

[…]

Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «no te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «no os necesito». Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan.

Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los más necesitados. Así no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos le felicitan.

Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro».

La doctrina cristiana —y, por cristiana, me refiero no a la moral católica y mucho menos a los preceptos canónicos— consta de tres bloques fundamentales:

Reino de Dios (justicia).

Cuerpo místico (unidad, solidaridad).

Mandamiento nuevo (amor).

San Pablo describe muy bien el segundo bloque. Todos los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo formamos con Él un solo cuerpo; la cabeza es Él mismo; los miembros, nosotros.

¿Cómo funciona un cuerpo? El refrán lo dice: "una mano lava a la otra y, ambas, la cara". Si la cabeza duele, se toma una aspirina, la cual es recibida por el estómago, el cual no se la apropia egoístamente, sino que trabaja para que su efecto sea percibido por el miembro que la necesita. Si duele un simple diente, el cuerpo entero se siente enfermo.

Esto se llama solidaridad.

La palabra "solidaridad" tiene todavía unas connotaciones nobles. Digo esto, porque las palabras, con el uso (con el uso incorrecto), degeneran. Es lo ha pasado con la palabra "caridad" (virtud teologal, es decir, referida a Dios, primera de todas las virtudes), la palabra más digna de toda la teología cristiana; su sentido se ha desprestigiado hasta el extremo, llegando a ser confundida, en la actualidad, con "limosna en caso de miseria", cuando, originalmente, "caridad" expresa el amor en su grado más sublime. También la palabra "amor", ¡hay que ver lo que significa para la mayoría de la gente!

Por eso, hay que andar buscando sinónimos expresivos de la grandeza cristiana. La palabra solidaridad no se ha corrompido aún. Es, por tanto, la más usada y la mejor aceptada para expresar la idea de caridad en su sentido genuino. Es una palabra de origen laico, como pueden ser "libertad, igualdad y fraternidad", que ha sido incorporada al lenguaje cristiano. De raíz latina, está en la familia de las palabras derivadas de solidus («sólido», «compacto», «entero»). Se utiliza la expresión in solidum para referirse a obligaciones contraídas mancomunadamente ("tanto monta, monta tanto").

Solidaridad está asociada, por una parte, a la construcción y significa algo que está construido compactamente, sólidamente; por otra parte, está asociada a la jurisprudencia.

El sentido cristiano es el primero, el de construcción orgánica, lo que da unidad a un todo en el que las partes están sólidamente trabadas (como en un cuerpo). Este es el sentido que damos a la palabra solidaridad cuando hablamos del Cuerpo Místico de Cristo.

Poco a poco, la palabra solidaridad ha ido cardándose además, a lo largo de estos dos últimos siglos de su historia, de un sentido social (formas de ser y de actuar de los individuos dentro de los grupos), para llegar a significar uno de los «valores» y una de las «actitudes» más nobles de la convivencia humana.

La solidaridad puede ser cerrada o abierta. La cerrada consiste, fundamentalmente, en el espíritu que anima la vida de un grupo, concretamente, su cohesión interna y la forma de relación de los individuos dentro del grupo. Su expresión es la cooperación entre los individuos que componen el grupo. Por ejemplo, las aportaciones económicas en la campaña contra el hambre.

La solidaridad abierta es más universal y más humana: trata de expresar la igual condición de todos (y éste es el primer elemento de dicha solidaridad). No se refiere a un grupo, a una creencia, a una situación concreta, sino que abarca la condición humana en su sentido total: a «todo el hombre (totalidad de profundidad) y a todos los hombres (totalidad de amplitud) por igual», como decía Pablo VI en la encíclica Populorum progressio.

La expresión apuntada por el Papa «por igual» define el reconocimiento de la igual dignidad de todo ser humano y la organización de la sociedad de acuerdo con ese criterio. No puede darse solidaridad si no se da al mismo tiempo la justicia. La sociedad solidaria es, por definición, una sociedad justa.

San Pablo apunta un aspecto que, a mi juicio, es el que especifica el concepto de solidaridad abierta: lo más característico de la solidaridad está en contar con las desigualdades de la vida humana para darles una respuesta también desigual, pero en el sentido inverso de la desigualdad descubierta en la realidad: los «menos favorecidos» han de ser los «más favorecidos». El apóstol lo dice bien claro: «Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «no te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «no os necesito». Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan. Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los más necesitados».

Los seres humanos, aunque por naturaleza y derecho sean iguales, pueden resultar desiguales por situaciones humanas determinadas (enfermedades, accidentes, minusvalías, ancianidad, injusticias…).

Lo propio y característico de la solidaridad es asumir la desigualdad de las relaciones humanas y transformar esa inevitable, y a veces necesaria, asimetría en un bien de todos los sujetos humanos y, de modo especial, de aquellos que sufren las consecuencias negativas. En definitiva, la solidaridad abierta es, ante todo, un valor moral que postula el ideal de una sociedad en la que las desigualdades no sean ni motivo de explotación ni objeto de mera tolerancia, sino razón para movilizar las conciencias hacia el «otro» y para organizar una vida social en igualdad de condiciones para todos.

Únicamente sobre este concepto de solidaridad abierta puede apoyarse un proyecto adecuado para transformar la realidad social y, de este modo, propiciar una vida más humana.

Puede haber quien se sienta incómodo ante el uso generalizado de la palabra «solidaridad», pensando que, como no tiene origen religioso, rebaja a palabra fraternidad.

Es cierto que el concepto y el ideal de solidaridad nacen en el contexto de la cultura laica del siglo XIX, al margen y a veces en oposición a la tradición cristiana.

Pero es cierto también que las palabras tienen su propia historia; adoptan variaciones en su significado y, a veces, hasta llegan a cambiar de orientación. La palabra solidaridad, actualmente, ha perdido la connotación «laicista». Pocos creyentes sentirán dificultad en expresar el dinamismo de su fe a través de una práctica la solidaridad. Más aún, el ideal de solidaridad se ha revestido en el mundo actual de un halo de «servicio» y de «trascendencia» que la acercan al ámbito de lo religioso. Está sucediéndole exactamente lo contrario de lo que ha pasado con la palabra caridad.

Creo que el concepto de solidaridad no desmerece ante el concepto de fraternidad. Juan Pablo II no duda en afirmar que la solidaridad es una «virtud cristiana» muy cercana a la caridad (SRS 40).

El uso del concepto de solidaridad no impide que los creyentes introduzcan en sus prácticas solidarias la carga religiosa que lleva consigo la apelación a la fraternidad.

¿Cuál es el mensaje que emite y realiza la fraternidad cristiana en el ámbito de la solidaridad?

a) Ante todo, la comprensión cristiana de la solidaridad no acaece en un sentido exclusivamente horizontal (de «hermanos», pero huérfanos de «padre»), sino también en una dirección vertical. Este mensaje cristiano indica que ser solidarios es ser fraternos y, por eso, tener un mismo Padre, al que todos llamamos, por igual, "Padre nuestro".

b) Así entendida, la solidaridad adquiere las cualidades propias de la familia: cercanía, cordialidad, afecto. Este mensaje se encuentra en la exhortación que hace el Vaticano II a los laicos de «convertir el sentido de solidaridad en sincero y verdadero afecto de fraternidad» (AA 14).

c) Toda la familia es un «hogar» y todo hogar supone el «compartir la mesa». La fraternidad cristiana se origina y se expresa mediante la unidad de mesa compartida: la eucaristía. El que parte el pan con otros es «compañero» (en latín: companio, significado que es recogido en idiomas modernos como el italiano, el alemán y el español). Sancho Panza, cuando se encontró con aquel grupo de tudescos y, menudeando los tragos de la bota, trabaron amistad, se expresaba así: "español y tudesqui tutto uno bon companio". La fraternidad es compañía, con el significado de compartir el pan. Este es otro de los mensajes que el cristianismo lanza a la comprensión y a la realización de la solidaridad. Las prácticas de solidaridad constituyen, para el creyente, la verificación del símbolo sacramental de la eucaristía, hacia la cual tienden y desde la cual brotan las prácticas de la solidaridad.

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