Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

FRENTE A LA SOCIEDAD DE LA INVERSIÓN (invertida),

LA UTOPÍA EVANGÉLICA DE LA CONVERSIÓN

Mt 3, 1-7

«Por aquellos días se presentó Juan Bautista en el desierto de Judea proclamando:

—Convertíos, que ya llega el reinado de Dios.

A él se refería el profeta Isaías cuando dijo (Is 40,3):

"Una voz grita desde el desierto:

‘Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos’".

[…] Acudía en masa la gente de Jerusalén, de toda Judea y del valle del Jordán, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo:

—¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a vosotros a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión».

Hoy es el primer domingo de Adviento, tiempo fuerte de penitencia (metanoia, conversión) es decir de tomar en serio la vida y de convertirse. Vivimos en la sociedad de la inversión (invertida). El Bautista, primero, y Jesús, después, Piden la conversión, «pues el Reino de Dios se acerca».

Invertir: «Alterar, trastornar las cosas o el orden de ellas. Hablando de caudales, emplearlos, gastarlos, colocarlos» (DRAE).

Convertir: «Mudar o volver una cosa en otra» (DRAE).

Fijémonos en esta frase, tan usual en la sociedad: "Invertir en valores".

No es fácil hablar, con propiedad y con razonables garantías de objetividad, de los "valores y contravalores" de una sociedad. Lo que convencionalmente se llama "análisis de los valores sociales" suele reducirse, en la mayoría de casos, a estudios del "estado de opinión de una sociedad" (encuesta).

 

El tema de los valores es muy complejo. Un problema es el de la equivocidad del concepto mismo de valor. "Equi-vocar" es dar igual nombre a conceptos distintos.

En principio, de una forma muy general, exagerando algo y simplificando mucho, en la cultura en que estamos inmersos, el concepto de valor está corrompido. Hoy, se valora solamente aquello que se puede comparar (comprar) con el dinero, que es la medida de todas las cosas.

Propio es del necio confundir valor y precio.

Un ejemplo: tenemos una sortija de oro, recuerdo de nuestra madre. Esta sortija contiene tres valores:

— Valor afectivo, determinado por el amor filial. Este valor es difícilmente calculable. Mejor aún, incalculable.

— Valor de uso: ¿para qué sirve el oro? Por ejemplo, para hacer objetos inoxidables (un diente, una aguja hipodérmica…).

— Valor de cambio, como inversión (cambiarlo en dinero).

Los dos primeros son valores reales: el sentimiento filial y la inalterabilidad el oro no dependen de la voluntad de nadie, sino que son cualidades de la naturaleza. Pero el valor de cambio es convencional, o sea, vale en la medida en que convenimos que vale, en la medida en que alguien quiere cambiarla por otra cosa específica (en especie) o común (dinero). Así, las cosas adquieren el valor de mercancía, se convierten en objetos de compra y de venta.

En la sociedad actual, la inmensa mayoría de la gente piensa y funciona socialmente con valores de cambio. Casi todo se mide con dinero: el arte, la habilidad personal, la inteligencia, el esfuerzo, la profesión, y hasta el sexo. Esto se llama "inversión" (etimológicamente, vuelta del revés).

La relación del hombre consigo mismo es una relación "mercantil": el hombre se siente a sí mismo como una cosa para ser "ofertada" con éxito en el mercado. No se siente a sí mismo como un agente activo, como portador de las potencias humanas. Está enajenado de sus facultades, alienado. Su finalidad es venderse con buen éxito en el mercado. El panadero, el electricista, el abogado, el médico, el artista y… (iba a decir: "hasta el cura"). Sálvese el que pueda.

En general, el sentimiento de identidad de los seres humanos no nace de su actividad como individuos vivientes y pensantes, sino de su papel socioeconómico. Si preguntamos a un hombre «¿quién eres?», responde: «soy un fabricante», «soy un empleado», «soy un médico», «soy un hombre casado»… No responde quién es, sino qué es. Y las connotaciones de ese "qué es" tienen sentido socioeconómico: se gana menos (dinero) por lo que se es, se gana más (dinero) por lo que se es; se deja de ganar más (dinero) por lo que se es, etc. Una mujer embarazada —por lo que se es(tá)— pierde valor económico en el mercado de las personalidades.

El sentido del valor de una persona depende de cómo puede venderse más favorablemente. Su cuerpo, su mente y su alma son su capital, y su tarea en la vida es invertirlo favorablemente; sacar utilidad económica de sí mismo. Cualidades humanas como la amistad, la cortesía, la bondad, se transforman en mercancías, en activos de la personalidad, exigencias de un precio más alto en el mercado de las personas. Si el individuo fracasa en hacer una inversión favorable de sí mismo, cree que él es un fracaso; si lo logra, él es un éxito.

Evidentemente, su sentido de su propio valor depende siempre de factores extraños a él mismo, de la veleidosa oferta-demanda, que decide acerca de su valor como decide acerca del de las mercancías. Él, como todas las mercancías que no pueden venderse bien y se transforman en saldos, no vale nada como valor de cambio, aunque puede ser considerable su valor de uso. Por un hombre de cuarenta y cinco años, como valor de cambio, nadie da nada, aunque, como valor de uso, esté en plenitud de facultades y sea mayor su experiencia.

Es proverbial el argumento justificador de la conducta mercantilista: un padre tiene dos hijos —se dice—; a los dos les deja el mismo capital en herencia; al cabo de dos años, uno lo ha doblado, mientras el otro se ha arruinado. El que lo ha doblado es porque ha seguido los dictados de la sociedad mercantilista. El otro, no, y no es porque haya sido un despilfarrador, sino porque su mente y sus aspiraciones van a contrapelo de los convencionalismos materialistas del mundo en que vivimos. El uno ha preferido el valor de cambio; el otro, el valor de uso.

Consulto los resultados de una encuesta de 1996, en Navarra. El criterio era la comparación de los valores materialistas y no materialistas. Se preguntaba:

¿Qué opina nuestra sociedad acerca de

valores, actitudes, comportamientos, preferencias?

Las opciones materialistas eran: 1. Mantener un alto nivel de crecimiento económico. 2. Asegurar que este país tenga unas Fuerzas Armadas importantes. 3. Mantener el orden en el país. 4. Luchar contra la subida de precios. 5. Una economía estable. 6. La lucha contra la delincuencia.

Las opciones no materialistas eran: 1. Lograr que la gente pueda participar más en cómo se hacen las cosas en su lugar de trabajo y en su comunidad. 2. Intentar que nuestras ciudades y nuestro campo sean más bonitos. 3. Dar a la gente mayor participación en las decisiones importantes del Gobierno. 4. Proteger la libertad de expresión. 5. Avanzar hacia una sociedad menos impersonal y más humana. 6. Avanzar hacia una sociedad en donde las ideas sean más importantes que el dinero.

Resultado: la opción predominante, con una ventaja clara sobre las demás (49,97), fue "mantener un alto nivel de crecimiento económico". La segunda fue "luchar contra la subida de precios".

 

Nuestra sociedad se construye desde la base del individualismo posesivo. Resultado: la fragmentación social ("primer mundo", "segundo mundo", "tercer mundo", etc.). Debido a este individualismo posesivo con sus consiguientes peculiaridades, se aleja cada vez más el proyecto (utopía) de vida en comunión llamada Rein(ad)o de Dios. «No se puede servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

Nunca, la sensación de impotencia y desaliento ha sido tan fuerte como ahora. Quizá sea porque, nunca como hasta ahora, habíamos percibido que la lógica mercantilista de la globalización no genera ni los valores ni las instituciones necesarias para una imprescindible cohesión social. La sociedad actual, la del "pensamiento único", es una sociedad de alto riesgo, que alimenta la dialéctica criminal entre el mundo rico y el mundo pobre, que alienta a individuos especuladores y corruptos, que facilita la concentración del poder y de la riqueza y que, a la vez, desalienta a quienes trabajan por un mundo más justo y solidario, en la medida en que busca vaciar de eficacia los caminos que llevan a una sociedad más justa y solidaria.

Tomo de Casiano Floristán (sacerdote, buen teólogo, con excelente vocación socializadora):

«Jesús pidió a sus discípulos que vivieran los denominados valores alternativos del reino, tal como se anuncian en el discurso de la Montaña (Mt 5-7). Desgraciadamente, hemos sido educados en los mandamientos más que en las bienaventuranzas y más iniciados a la gracia que a la fe. La fe ha sido más tener por verdadero que conversión personal. La conversión personal ha sido más sacramental que evangélica. La conversión evangélica ha sido más personal que social. Necesitamos revisar nuestra escala de valores evangélicos con una perspectiva social. Proponemos aquí diez valores, deducidos del Nuevo Testamento, en la línea de las "bienaventuranzas" más que en la tradición del "decálogo" del Antiguo Testamento, con el que se coincide sólo en el título al proponer diez enunciados».

Decálogo de valores evangélicos

1. Dignidad de la persona humana. 2. Justicia en la distribución de los recursos. 3. Opción por los pobres y marginados. 4. Respeto a la libertad del otro. 5. Ser gratuitos, generosos y alegres. 6. Estar dispuestos a servir. 7. Rechazar el ídolo del dinero. 8. No responder con la violencia. 9. Soportar los conflictos y sufrimientos. 10. Tener un amor sin límites.

Proclama profética de Adviento: frente a la sociedad de la inversión (invertida), la utopía evangélica de la conversión social.

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