Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

BASE CULTURAL DE LA FE CRISTIANA

De la carta del apóstol Santiago (Sant 2,14-20):

«Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si no tiene obras? […] Y si alguno dijera que tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin obras, que yo te mostraré la fe con mis obras. Tú crees que hay un solo Dios; muy bien, pero eso lo creen también los demonios […]. ¿Quieres enterarte, estúpido, de que la fe sin obras es inútil?»

¿En qué creemos? ¿En qué consiste nuestra fe?

Es evidente que, si queremos confrontar nuestra fe con la no-fe de los "incrédulos", hemos de saber cuál es nuestra creencia. Nuestra fe ha madurado, es cierto; no es, ya, la obediencia ciega al dogma, al magisterio, a las prácticas religiosas e, incluso, a sentirse miembro de la Institución eclesiástica.

Hoy, la fe adquiere una nueva significación; ante los "incrédulos", no vale la fe del catecismo. ¿En qué podemos fundamentar nuestra fe? ¿Cuál es, hoy, su base cultural?

Hoy, la base cultural de la fe es —¡asombraos!— la misma que pedía Cristo: la conversión. Pero, hoy, nuestra conversión pasa por un nuevo estilo de vida, una nueva manera de estar en el mundo. Es más un testimonio que un discurso. «Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si no tiene obras? […] Y si alguno dijera que tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin obras, que yo te mostraré la fe con mis obras. Tú crees que hay un solo Dios; muy bien, pero eso lo creen también los demonios […]. ¿Quieres enterarte, estúpido, de que la fe sin obras es inútil? (Sant 2,14-20).

Hoy, la formulación tradicional de la fe resulta incomprensible para la cultura contemporánea. El lenguaje utilizado para hablar de nuestra fe dice muy poco a los "incrédulos". Ellos están en otra onda. A veces, incluso, la base cultural que subyace a nuestras formulaciones está enfrentada con la cultura que sustenta las posiciones de los "incrédulos".

Preguntémonos, como premisa: la exigencia ética de amor al prójimo ¿es un valor específicamente cristiano o es un valor que puede ser compartido por el resto de la humanidad? Respuesta: por su contenido, es común a todos; por su motivo, se convierte en sacramento de Cristo: "Amaos como yo os he amado" (Jn 13,34).

En otros tiempos, la sociedad de un determinado ámbito geográfico —el Sacro Imperio Romano-Germánico, por ejemplo— era (se llamaba) cristiana y tenía un extraordinario peso social. Pero, para la sociedad moderna, el cristianismo (como institución histórica, no como vivencia evangélica) es irrelevante. La distancia que separa a la Iglesia del mundo moderno es mayor cada vez. Mientras se rehabilita a Galileo, la Iglesia crea nuevos "galileos": la sexualidad, amplios campos de la moral, el divorcio, el papel de la mujer y mil cuestiones más, que son abordadas por la Iglesia con unos criterios absolutamente desajustados del pensamiento moderno. La cultura moderna acepta como valores muchos aspectos de la vida que la Iglesia profunda no comparte e, incluso, combate. La cultura dominante en la Iglesia oficial defiende un concepto de la persona y de la sociedad que, en muchos aspectos, resulta extraña a nosotros mismos.

Y aquí viene lo grande: los cristianos (los discípulos de Cristo) tenemos que proyectar nuestra fe, evangelizar, a una sociedad que hoy es «postcristiana», es decir vacunada contra el cristianismo histórico. Tenemos que convencerla de que Cristo tiene razón.

La fe, escándalo y locura

San Pablo decía que la fe cristiana no se basa en «signos prodigiosos», tal como pretendían los judíos, ni en la «sabiduría» de los griegos, sino en un Jesús crucificado que es «escándalo» y «locura». Estas son las palabras justas para explicar a los "incrédulos" cuál es la relación que hemos de establecer los cristianos entre nuestra experiencia de fe y la razón moderna: «Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan saber, nosotros predicamos un Mesías crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos; en cambio, para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Mesías que es portento de Dios y saber de Dios: porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios más potente que los hombres». (Cor 1,22-25).

El «Mesías crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos» ¿es el "Sagrado Corazón de Jesús" que nos presenta la piedad tradicional? ¿Es ésta la base cultural de nuestra fe?

La fe es «escándalo» en la medida en que siempre nos remite al Reino de Dios, que contrasta con el reino del diablo, el actualmente vigente. Se basa —decimos— en la conversión: de los valores (antivalores) dinero, poder, fama ("pecado del mundo") al espíritu de pobreza, de humildad, de igualdad.

La fe también resulta «locura», porque la experiencia de Dios, aunque pueda explicarse en conceptos comprensibles para la época en que vivimos, siempre tiene una dimensión inexplicable en la intimidad del silencio personal.

La fe da esperanza, pero no da seguridad. Esta inseguridad es común a creyentes y no creyentes y en ella nos encontramos unos y otros, buscando el significado de la existencia humana.

Los cristianos hemos de aprender a relacionarnos con los no cristianos. Una vez pasada la época en que el cristianismo era un fenómeno social mayoritario, hay que cambiar las pautas de relación entre nosotros y los no cristianos. Nuestro tiempo histórico nos indica que el seguimiento sincero de Cristo se ha convertido en algo mucho más minoritario de lo que era en tiempos antañones, a pesar de todas esas expresiones religiosas que, aunque sean muchas y estén extendidas por todas partes, no dejan de ser residuales.

El grupo de Jesús (Reino-reinado de Dios) es una voz profética, no una institución poderosa histórica. De momento, está sin estrenar; no sabemos (aunque lo intuimos) lo que ocurrirá el día en que de verdad se manifiesten los hijos de Dios. La humanidad entera lo aguarda con dolores de parto (Rom 8,22).

Esto hace que nuestra voluntad de diálogo tenga que estar presidida por la humildad. Humildad de la buena, como virtud positiva, consistente en reconocer en el otro el mismo valor que reivindico para mí. Los cristianos no podamos hablar de tolerancia hacia las otras creencias, porque la tolerancia siempre lleva escondida, aunque sea de forma educada, una actitud de prepotencia hacia los demás. (Y omitamos la alusión a la proverbial intolerancia histórica del cristianismo católico).

La fe no nos hace superiores. Los cristianos ni somos mejores ni peores que los llamados "incrédulos". Somos, simplemente, iguales, porque somos personas. La única y exclusiva diferencia que podemos presentar es nuestra fe. Los cristianos y los "incrédulos" compartimos y vivimos los mismos valores, proclamamos las mismas esperanzas y manifestamos las mismas pasiones.

A partir de aquí, el diálogo con los "incrédulos" ha de cumplir varias condiciones:

— Que los cristianos renunciemos al adoctrinamiento de los "incrédulos". Los cristianos tendríamos que preocupamos más de hacer personas que de convertir «infieles».

— Reconocimiento de los valores que nos aportan los "incrédulos". Reconocimiento equivalente al que Jesús hacía de los "buenos samaritanos".

— La necesidad de iniciar el diálogo con los "incrédulos", buscando lo que nos acerca y omitiendo lo que nos separa. ¿Quién de nosotros no ha experimentado un gran acercamiento a los "incrédulos" cuando, abandonando las rigideces doctrinales (apologética de salón), hemos abordado nuestras relaciones desde la profundidad de la experiencia humana?

— La exigencia de reencontrarnos cristianos e "incrédulos" en las mismas inquietudes para construir una sociedad más justa. El compartir los éxitos o los fracasos que acarrea la lucha por la justicia crea un acercamiento muy saludable. Comprendamos que, en algunas manifestaciones de la incredulidad, existe gran desconfianza (razonable) sobre la eficacia de las estructuras eclesiales para transformar el mundo. Muchas veces, la propia Iglesia ha sido la fuente de incredulidad, a causa de sus compromisos con los poderosos y su insensibilidad ante las desigualdades y las injusticias. Pero, junto a esta realidad, existe la experiencia importante del encuentro a partir de la acción. El diálogo entre creyentes e "incrédulos" ha sido posible, porque las personas se han encontrado desde un compromiso compartido en favor de la justicia.

— La necesidad de perseverar en la diferencia, pues ella es, paradójicamente, fuente de enriquecimiento, al tiempo que nos vacuna contra cualquier perversión fundamentalista, la cual siempre buscará la máxima uniformidad.

Los cristianos y los "incrédulos" hemos de sentirnos iguales en la diversidad. Y es necesario que respetemos esta diferencia. Los "incrédulos", ni son fruto del maligno o del pecado, ni son cristianos anónimos. Antes de ver cristianos anónimos por todas partes, más vale que mantengamos en pie la diversidad y los interrogantes que ésta plantea (por ejemplo, ¿por qué estos "incrédulos" no han encontrado a Dios?)

Hemos de hablar de Dios de una forma comprensible para el mundo secularizado. Es inquietante la advertencia de Cristo: «Brille vuestra luz en la oscuridad, para que los paganos ("incrédulos"), viendo lo honrados que sois, aplaudan a Dios» (Mt 5,16).

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