Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

LOS ODRES VIEJOS YA NO SIRVEN

Del santo Evangelio según san Mateo (Mt 9,13-17):

«Dijo Jesús a los fariseos:

—Id a aprender qué significa aquello de ‘Corazón quiero y no sacrificio’. Porque no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para preguntarle:

—¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?

Jesús les contestó:

—¿Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán. Nadie echa una pieza de paño sin estrenar a un manto pasado, porque el remiendo tira del manto y produce un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque, si no, los odres revientan, el vino se derrama, y los odres se echan a perder. El vino nuevo se echa en odres nuevos y, así, ambos se conservan».

1. Los llamados «no creyentes» no existen; cualquier persona, en el fondo, tiene una o varias creencias, aunque sean de poca importancia o no sepa comunicarlas con suficiente claridad.

2. Los católicos solemos utilizar la expresión «no creyentes» para referirnos a aquellas personas que no comparten nuestras creencias, es decir, que no confiesan nuestro Credo. También usamos la palabra «incrédulos».

3. Una cosa es la fe y, otra, las creencias: maneras (personales o culturales) de expresar la fe.

4. Tanto los creyentes como los incrédulos tenemos un conjunto de vivencias, que, en sus orígenes, pueden ser diferentes, pero me parece que no nos separan excesivamente. Hay una obra griega del siglo II titulada «Carta a Diogneto», destinada al pagano Diogneto, que contiene una serie de respuestas a las preguntas que él había formulado a un amigo cristiano. En dicha carta a Diogneto, se habla del papel de los cristianos en el mundo. Dice:

Efectivamente, los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por el país, ni por el lenguaje, ni por los vestidos. Porque, ni habitan ciudades exclusivamente suyas, ni hablan ningún dialecto especial, ni llevan una vida aparte.

5. Si las diferencias entre creyentes y no creyentes no han de consistir en aquellos aspectos que nos configuran como ciudadanos, ¿en dónde radican, pues?

6. Para empezar a hablar del diálogo entre las diferentes creencias, partiríamos del siguiente texto de san Juan: «El que diga "Yo amo a Dios" mientras odia a su hermano, es un embustero, porque quien no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve?» (1 Jn 4,20-21).

a) O sea, la fe, como vivencia, está asociada al amor.

b) Un amor con dos direcciones: Dios y el hermano («el otro», sin más).

7. Sólo es posible creer desde el amor. Decían los de la escuela de Santo Tomás: «no se ama lo que no se conoce». Y decían los de la escuela de San Bernardo: «no se conoce lo que no se ama».

8. Por una parte, afirmamos que Dios existe y se nos invita a amarlo como a un Dios presente; por otra parte, constatamos que «a Dios no se le ve». De una parte está el sentimiento y, de otra parte, los sentidos, dos polos aparentemente opuestos. Si afirmamos que «a Dios no se le ve», ello no significa que no podamos sentir la presencia o existencia de Dios. No vemos el aire, pero sentimos su roce.

9. La cultura de Occidente es racionalista: «si no lo veo, no lo creo». La cultura oriental es sensitiva: «lo siento, luego lo creo».

10. «Ahora subsisten la fe, la esperanza y el amor, pero la mayor de estas tres es el amor» ( I Cor 13,13)

Pregunta: los que aman a sus hermanos sin saber de Dios, ¿ven a Dios? Todos conocemos a hombres y mujeres llenos de amor, pero alejados de cualquier experiencia religiosa (convencional) y de creencia de fe (convencional).

Se dice en nuestra Iglesia que sin Dios nada tiene sentido.

Pero yo conozco a personas que, sin ninguna referencia a nuestro Dios, tienen una vida interior, una referencia a un absoluto…, y otros valores similares a los que confesamos en nuestras creencias.

11. Cada día, tenemos que relacionarnos con personas de creencias muy distintas a las nuestras. Ahí es en donde hay que dar testimonio de nuestra fe. No, como he visto hacer a algunos forofos de la cristiandad, tirando de crucifijo y esgrimiéndolo como si fuera un trabuco, sino, como aconseja Alfonso Carlos Comín:

De una manera silenciosa o explícita, según la vocación y el talante de cada uno, el cristiano habrá de expresar su fe sin el soporte del Templo ni la seguridad del Padre anclado en el Vaticano.

12. Jesús hablaba de la levadura, que hace fermentar a la masa silenciosamente (Mt 13,33; Gál 5,9), y decía: «Brille vuestra luz en la oscuridad, para que los incrédulos, viendo lo honrados que sois, glorifiquen al Padre del cielo» (Mt 5,16).

Esta es la frontera

13. Cristianos de frontera:

Son los que entran en diálogo con otras creencias, pues, por esta frontera (la honradez), es por donde transitan las personas que, aun profesando otras creencias (religiosas, culturales, políticas…), están abiertas a la búsqueda del sentido profundo de la existencia humana.

14. El situarse en la frontera comporta tensiones. Las fronteras dan miedo, cuando no existe libertad en el interior de la institución a la que uno pertenece.

15. El Concilio Vaticano II propició el acercamiento a la frontera. Pero…

A la Institución (la Iglesia jerárquica) le ha dado vértigo y se ha replegado sobre sí misma, cerrando sus puentes de diálogo con la frontera. Es lo que está ocurriendo en la actualidad. Benedicto XVI, hombre de frontera en otros tiempos, se volvió, inexplicablemente, fundamentalista (o casi) desde que empezó a ser el guardián de la fe en los dicasterios vaticanos.

16. El ejemplo, paradigmático, del Cardenal Carlo María Martini dialogando con el incrédulo Umberto Eco supone una esperanza para la Iglesia, pues augura aires nuevos.

17. La experiencia de una fe dialogante en la frontera es una experiencia que se vive en soledad. Aparentemente, parece una contradicción: situarse en la frontera de la Iglesia, sintiéndose, al mismo tiempo, profundamente identificados con ella, como miembros suyos. El verdadero sentido de la pertenencia a la Iglesia hay que buscarlo más en la comunión de los santos (cuerpo místico, vid y sarmientos…) que en la identificación con lo que podríamos denominar «estructura organizativa de la fe», es decir, la institucionalización formal de la Iglesia. Aquí, tiene que hacernos pensar la frase: «creo en Dios, pero no creo en los curas» (para unos, tal o cual cura concreto; para otros, la institución).

18. En un primer momento, la fe choca con la incredulidad. Para los cristianos, la incredulidad era una forma de pecado, mientras que, para los incrédulos, la fe cristiana iba contra el espíritu moderno. Con el Concilio Vaticano II y su «aggiornamento» (actualización; palabra patentada por Juan XXIII), fue posible emprender el camino de la reconciliación de la fe con la cultura moderna.

19. Pero, de momento y sin saber cuando estará el camino otra vez expedito, hay un gran atasco.

20. Mientras tanto, la cultura contemporánea va sintiendo, cada vez más, la indiferencia hacia el fenómeno religioso y la experiencia cristiana; los cristianos hemos dejado de interesar a la cultura de nuestro tiempo. Somos irrelevantes. Los cristianos que intentamos vivir nuestra fe en la periferia de la institución eclesial y en comunicación con otras personas de frontera, descubrimos, con gran dolor, que la Palabra (el Evangelio) resulta extraña para la cultura moderna.

21. Ante esta situación, se detectan, en el interior de la Iglesia, algunas reacciones de cambio. Lo que pasa es que esta reacción, en vez de estar orientada a repensar la fe desde esta situación de irrelevancia, busca la reafirmación de la fe añorando un pasado de cristiandad, pero más recargado de bombo y propaganda. Las propuestas de nueva evangelización propiciadas con entusiasmo por la jerarquía eclesiástica participan de este espíritu de frivolidad. Hoy, la jerarquía de nuestra iglesia vuelve a hablarnos de recristianizar la sociedad, como si alguna vez hubiera estado cristianizada, sin reconocer la parte de culpa (extraordinaria en muchas ocasiones), que ha tenido la propia Iglesia en el actual estado de cosas.

22. Querer evangelizar a la sociedad sin acudir a la radicalidad evangélica (no filtrada por códigos ni catecismos), convencidos de que poseemos toda la verdad, sin ningún gesto de humildad o de comprensión de que, detrás de la irrelevancia de la fe, se esconden muchos años de intolerancia religiosa hacia las otras creencias… (puntos suspensivos).

23. No podemos hablar de una nueva evangelización sin volver a confesar una fe creíble en la sociedad moderna. LOS ODRES VIEJOS YA NO SIRVEN.

(Puedes dar tu opinión en "Entra al Foro")

[Inicio] [Santa María] [San Pedro] [Arciprestazgo] [Entra al Foro] [Noticias] [Religiosas/os] [Consejos] [Evangelización] [Acción Social] [Liturgia] [Homilía] [Recursos] [Reina de los Ángeles] [Gracias] [Enlaces]