Reflexión Semanal

Por José Navarro Chaparro

PROYECTO (utopía) DE JESÚS

«Buscad, lo primero, el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33).

El proyecto que Jesús presenta es el de una sociedad en la que las gentes,

— frente al espíritu de riqueza, viven y promueven el espíritu de pobreza;

— frente al espíritu de poder, viven y promueven el espíritu de servicio;

— frente al espíritu de sobresalir, viven y promueven el espíritu de humildad (espíritu de igualdad).

Espíritu de pobreza, que no es miseria, sino la alegría y conformidad de tener y apreciar los elementos indispensables para realizarse como persona, sin acumular nada superfluo (que, en el cómputo global, supondría el robo de algo que otro necesita). Su manifestación más sincera es el compartir lo que se tiene, lo que se es y lo que se hace (bienes, vida y acción).

Espíritu de servicio, que no es servilismo, sino sentido de la propia responsabilidad en el quehacer comunitario y social, para hacer realidad lo que Jesús dice: "manda más quien mejor sirve" (Mc 10,44).

Espíritu de humildad, que no es humillación, sino la aceptación del otro como igual a mí, para establecer la igualdad entre todos, no en la cima (pues eso es imposible), sino en la base, para que, haciéndonos todos últimos, lleguemos todos a ser primeros —en el Reino de Dios, "los últimos son primeros"—, nadie superior a nadie, sino, solidarios unos de otros, complementarios todos.

Comunicarse, servirse y aceptarse son los pilares sobre los que se asienta esa nueva sociedad llamada Reino de Dios que Jesús preconiza, semejante a un grano de mostaza y a la levadura.

Es, decimos, una utopía, un proyecto de vida, que todavía está sin estrenar. La tarea específicamente cristiana consiste en hacer realidad el ideal evangélico de la nueva sociedad. Y "el mundo sufre dolores de parto, esperando la manifestación de los hijos de Dios" (Rom 8,22).

¿Cómo será posible la nueva sociedad?

Hay que distinguir tres niveles: personal, comunitario y social.

Ante todo, es necesario que, a nivel personal, el individuo cambie en su interior. La nueva sociedad será posible en la medida en que haya hombres y mujeres que cambien radicalmente su escala de valores: el deseo de ganar y atesorar, por el proyecto de compartir; el deseo de mandar, por el servicio incondicional a todos; y el deseo de subir y de brillar, por la solidaridad. No se trata de una conversión "religiosa", en el sentido de que la persona empiece a ser más devota, más piadosa o cosas por el estilo. Sabemos que hay personas profundamente religiosas que, al mismo tiempo, son profundamente egoístas y están profundamente apegadas al dinero, al deseo de mandar o al prestigio social que ostentan. La conversión evangélica es mucho más profunda: consiste en la transformación más radical de valores que una persona puede experimentar.

Esto es sólo un punto de partida.

Hay que ir más lejos: a nivel comunitario. Para el logro de la nueva sociedad es necesario que se formen comunidades de fe, en las que se empiece a vivir los valores y los planteamientos de esa sociedad que anhelamos, los cuales sólo en una comunidad pueden hacerse realidad. El mensaje de Jesús es esencialmente comunitario. La clave de la evangelización no es tanto conseguir que haya individuos santos, sino, sobre todo, que se formen comunidades sanas: grupos de matrimonios, ONG, asociaciones de vecinos, amas de casa... y hasta los lugares ordinarios de la convivencia humana: familia, trabajo, diversiones...

Pero tampoco basta.

Es necesario ir al nivel social. Compromiso y acción en la sociedad. La realidad más determinante en la sociedad es la realidad política. De ahí se sigue la necesidad de la acción y el compromiso en el terreno de la política.

¿Cómo hay que entender eso? ¿No corremos así el peligro de politizar el mensaje de Jesús? ¿No se opuso Jesús radicalmente a semejante politización? ¿No fue ésa la tentación de los zelotas del tiempo de Jesús? ¿Se deriva de la fe alguna opción política determinada?

Veamos. Por una parte, está la política de partidos: una lucha enconada por la conquista del poder. Esta es la política de los "políticos" y de los afiliados a los partidos políticos, que se dedican a ese tipo de tareas de una manera más o menos exclusiva.

La política debe entenderse de otra manera: edificación de la "polis" (la ciudad, de donde se deriva "ciudadanía"); todo lo que promueve el que, en una sociedad determinada, haya justicia y libertad responsable, todo lo que influye decisivamente en el bienestar o en la desgracia de los ciudadanos. De "edificar" procede la palabra "edificante". Persona edificante = persona ejemplar.

¿Contiene el Evangelio un mensaje político? ¡Sí!: el que tiene como objeto aquello que determina el que en la sociedad haya justicia: «Buscad primero su Reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33).

El Sermón del Monte no es neutral ni puede serlo; es político cien por cien.

La vida cristiana es la del Evangelio.

La vida católica es la del Catecismo.

La vida eclesiástica es la del Código de Derecho Canónico.

El Catecismo es una estructura ideológica. Su base dogmática es la Santísima Trinidad, la Unión hipostática y la Transubstanciación. Su base moral son los Diez Mandamientos (la ley mosaica); en definitiva, la ley natural. En la enseñanza religiosa tradicional, metida en la conciencia de las gentes piadosas, las virtudes tienen carácter monacal, y las bienaventuranzas son presentadas como consejos evangélicos para la perfección del individuo. Durante los muchos siglos (porque han sido muchos) en que la Iglesia vivía en un régimen de cristiandad poderosa, identificada con las instituciones políticas, la recitación y el aprendizaje del llamado «sermón de la montaña» (capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de san Mateo) se convirtieron en una piadosa recomendación de la práctica de los llamados "consejos evangélicos" (pobreza, castidad y obediencia), para adquirir la perfección individual y tener más mérito ante el Señor.

Mientras el mensaje cristiano ha quedado reducido a unas áreas privadas e intimistas, todo el potencial socio-político ha venido reservándose a los que detentan profesionalmente el oficio de «políticos».

En el Catecismo, el Evangelio no tiene presencia directa y literal, sino como citas de capítulo y versículo, sin conexión entre ellas y al mismo nivel de las citas de los SS. PP, de las encíclicas de los papas, de los teólogos clásicos y de los artículos del Código. En cualquier caso, aparecen con el mismo valor probatorio las citas del AT y NT.

El Evangelio es una doctrina y el Catecismo es un programa.

Programa es la forma concreta, dirigida, de llevar a cabo la doctrina.

Se dice que los toros, en los chiqueros, carecen de luz y, cuando han de salir a la plaza para ser lidiados, se guían por unas luces que previamente han sido encendidas para alumbrar un camino determinado, que es el que el toro sigue para llegar a la plaza. Esto sería el programa. Una doctrina sería lo equivalente a encender todas las luces al mismo tiempo, para que cada cual tome el camino que le apetezca para llegar a su destino, por la derecha, por el centro o por la izquierda, o no tome ninguno y no entre en la plaza. Pero, si entra, que sea con todas sus consecuencias.

El Evangelio es la luz general que Jesús enciende y sus discípulos deben ser «la luz del mundo» (Mt 5,14). Jesús no anuncia su evangelio en forma de obligaciones, sino en forma de invitaciones a la felicidad. Jesús anuncia el Reino de Dios y cada cual es libre de aceptarlo o rechazarlo, pero, si lo acepta, lo primero que tiene que hacer es cambiar de mentalidad y ponerse en actitud dialéctica permanente. "El que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no es apto para el Reino de Dios" (Lc 9,62).

El que se aferra a una determinada tradición porque "de toda la vida se ha hecho así", no vale para el Reino de Dios.

A propósito de los mal llamados consejos evangélicos, tengo que advertir un par de cosas:

1. La pobreza sí está recomendada en el Evangelio. Y no sólo recomendada, sino exigida, de tal modo, que quien no la practique no puede entrar en el Reino de Dios, es decir en el grupo de Jesús. Por lo menos, tiene que ser muy difícil, tanto como el que un camello quepa por el ojo de una aguja.

2. Pero los otros dos consejos evangélicos (la castidad y la obediencia) no se ven en el Evangelio por ninguna parte. De la castidad, el Evangelio no dice nada, absolutamente nada, ni a favor ni en contra. Y, de la obediencia, si hay que deducir algo, evangélicamente, en relación con ella, es todo lo contrario. Primero, la palabra obediencia no aparece; segundo, Jesús murió por desobediente y, según su criterio, "el que quiera mandar más, que sirva mejor; el que quiera ser el primero, que se haga el último, para que, siendo todos últimos, podamos ser todos primeros" (Mc 10,43). En el Reino de Dios, nadie tiene por qué obedecer, porque nadie tiene por qué mandar.

Tanto la castidad como la obediencia son valores culturales: la castidad se relaciona con la teología puritana, que, por oponer la carne al espíritu, impone una moral rígida en asuntos sexuales y establece criterios estrictos en temas religiosos. Y la obediencia es el correlativo del poder institucionalizado: en tanto hay alguien que tiene que obedecer en cuanto hay alguien que manda, píntese como se quiera. ¿Hay algo más contrario al criterio de Jesús: «entre nosotros no ha de ser así» (Mc 10,43)?

Pregunta profética: ¿Se educa así al pueblo? (¿O, más bien, se ponen dificultades a quien pretende hacerlo?)

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