"Dios, que te hizo a ti
sin ti, no te salvará sin ti". (San Agustín)
San Agustín: "no quiero
salvarme sin vosotros".
Para salvar un alma hay que
amarla, hacerle sentir que posee un valor inmenso y que no ha pasado
ignorada. Hay que animarla a que lo haga mejor que lo ha hecho en el
pasado. Hay que ayudarle a superarse, sobre todo moralmente.
He aquí un dilema
inexorable. O el abrazo eterno de Cristo o el odio eterno del
espíritu de las tinieblas. Vale la pena pensarlo y acertar en la
elección.
¿Te amas mucho? Pues bien,
entonces sálvate para la vida eterna.
La salvación es únicamente
de Dios, pero quiere nuestra colaboración.
Los que salvan al mundo son
aquellos que se entregan a Cristo y a los demás sin interés y sin
reservas.
No se puede salvar al hombre
sin amarlo.