Rezar con tibieza es visitar
a Dios con tarjeta.
Los que rezan hacen más por
el mundo que los que combaten.
La oración es la
omnipotencia de Dios puesta en manos de la debilidad humana.
Millones y millones de
favores penden del cielo colgados en hilos de seda, y la oración es
la espada que los corta. (Fulton
Sheen)
Santa Teresa dice:
"Dadme un cuarto de hora de oración, y yo os daré el
cielo".
La oración abre el cielo.
Nadie es tan pobre que no
pueda dar la limosna de una oración; nadie es tan rico que de ella
pueda prescindir.
Rezar es como una nota de
pedido que nosotros delante del mostrador de la vida, le pasamos al
Dueño de la tienda del mundo que nos pregunta: ¿En qué puedo
servirte?
La oración es el tocado
diario del espíritu.
"No hay hombre más
poderoso que el que reza". (San Juan Crisóstomo)
La oración es la
respiración del alma cristiana, y la Eucaristía su alimento.
Oración sin fervor es
incensario sin fuego.
No pretendas convertir a
nadie sin oración.
La oración quita la tristeza
porque nos pone en comunicación con Dios. Antes pensábamos que no
nos amaba nadie; después de la oración sabemos que nos ama Dios.
El arma más poderosa del
apóstol es la oración.
Si la vida no la hacemos
oración, no tendremos ninguna fuerza.
Lo principal en la oración
no es pensar, sino amar. Calentémonos en el fuego del amor de Dios.
El que mejora la oración
mejora todo: virtudes, apostolado...
Ruega a Dios que es nuestro
Padre, porque lo imposible para los hombres es posible para Dios;
imposible a nuestra pequeñez, posible a su grandeza.
Nadie se mejorará seriamente
a sí mismo, sin recurrir a la oración.
La era de Jesús brotará del
celo de las almas infatigables en las obras, pero más infatigables en
la oración.
Es necesario orar
constantemente en grupo y solos, en la Iglesia, ante el Sagrario, por
la calle, en la casa, en el trabajo. Nos une con Dios y esa unión nos
diviniza.
Por la oración y el amor, se
prolonga Jesús en nuestras almas.
La oración consiste en el
ejercicio de las tres virtudes teologales: la oración es ver, es
amar, es poseer.
La oración es el cable que
une al hombre con Dios. La central nunca falla; sólo basta que haya
contacto.
La oración vence lo
invencible.
Rezar y hacer oración no es
difícil, sólo es cuestión de "pocas palabras y mucho
corazón".
El diálogo con Dios prospera
en la soledad.
Dios nos pide al mismo tiempo
la oración y la acción.
Que en tus problemas no
consultes a muchas personas y libros, pues sueles terminar por donde
deberías haber empezado: ¡Que tu primera puerta en la que llamar sea
siempre Cristo!
La oración vence la
oscuridad y el cansancio de nuestro camino.
La vida de oración alimenta
la fe.
Todos sabemos que el tiempo
nos desgasta, por ello son necesarias oración, misa, vida interior.
Es necesario hablar con Dios
para entender mejor a los hombres.
Oración: " Habla con
aquél que te ama, como tu padre Dios". (San Josemaría)
"Todos los santos se han
santificado por medio de la oración. Todos los condenados se han
condenado porque no han hecho oración; si hubieran orado con
constancia, se habrían salvado". (San Alfonso de Ligorio)
Creo que hay demasiados
trabajadores, pero no hay ni la mitad de obreros que trabajen de
rodillas.
Oración es pensar en Dios
con Amor.
Orar es dialogar con tu Padre
Dios, con Cristo en el Sagrario, muy cerca de Él, y pedirle siempre
por los demás.
Por la oración y el amor se
prolonga Jesús en nuestras almas.
Orar es ponernos en contacto
con Dios, es derramar nuestro corazón en su corazón Divino.
San Alfonso: "Cuántos
hay que por estudiar demasiado y querer ser sabio, no llegan ni a
sabios ni a santos. El apóstol que por el estudio deja la oración,
da muestras de que no busca a Dios, sino a sí mismo".
La oración es la impotencia
lanzándose hacia la potencia, la flaqueza apoyándose en la
fortaleza, la miseria alargando la mano hacia la misericordia, y el
prisionero clamando perdón.
Un día Santa Teresa oyó en
la oración estas palabras pronunciadas sin ruido de voz, por el Dios
cuya presencia se dejaba sentir en su alma: "¡Búscate en
mi!".
Un día preguntaba San Juan
de la Cruz a Francisca de la Madre de Dios, en qué tenía la
oración: "En mirar la hermosura de Dios y holgarme de que la
tenga". Y el Santo se alegró mucho y compuso las últimas
estrofas del Cántico espiritual: "¡Gozarnos desde ahora en lo
que eternamente nos vamos a gozar!"... Deus Caritas est.
La oración pide el corazón
entero.
La verdadera oración
desemboca en la acción.
La oración es la expresión
de nuestra fe y tiene que convertirse en acción apostólica.
"Señor, —decía Santo
Tomás Moro— concédeme la gracia de practicar mi oración".
La oración ilumina el
camino, mantiene tersa la vigilancia y estimula la conciencia.
Debemos volver a aprender a
rezar para volver a aprender a vivir.
La oración suprema del
cristiano es la Misa: La Eucaristía. Es la última Cena repetida a lo
largo y ancho del mundo a todas las horas y todos los días. Es una
asamblea de cristianos alrededor de Jesús Vivo que se da como
alimento.
La oración personal es hija
de la fe. Es imposible creer y no orar.
La oración no es tanto una
obligación como una necesidad vital del espíritu creyente, como un
encuentro a donde le lleva su propia desazón, su ansia por el Señor.
Deberíamos pensar si nos
reunimos mucho, pero oramos poco. Muchos fracasos tendrán aquí su
normal explicación.
La oración no es para
cambiar la voluntad de Dios, sino todo lo contrario, para conocerla y
cumplirla.
Nuestra vida espiritual y
apostólica depende de nuestra oración.
La oración, propiamente
dicha, es prepararnos para la acción.
La oración unificará todo
lo que hacemos; lo que esté diciendo con mis labios, que lo esté
sintiendo con mi corazón.
En la oración queda
insertada mi acción porque está impregnada de Dios.
La oración nos hace crecer
en la amistad con Dios.
Con la oración y el
sacrificio es posible cambiar el curso de las cosas.
No tomes una decisión
importante en tu vida, si antes no la has tratado con tu Padre-Dios.
El derrumbamiento del Este ha
sido fruto de la oración.
La oración en común
alimenta y expresa nuestra fe en la victoria de Cristo sobre la
muerte, aviva nuestra esperanza en la resurrección, consuela y
conforta el ánimo, y nos une en la caridad mutua con los que ya
partieron.
La oración siempre abre
horizontes en la vida.