El mundo actual ofrece un
pensamiento salvaje contra el pensamiento divino.
El mundo moderno no vendrá a
la Iglesia a oír sermones sobre el cielo, la gracia,... si no se le
resuelven sus problemas humanos.
El mundo está dispuesto a
volver a la Iglesia si ve verdadera renovación interna.
El mundo tiene que cambiar,
no puede continuar así porque es contrario a Dios. Esa revolución la
exige Dios. El mundo está dispuesto como nunca a seguir el Evangelio,
si se le presenta con toda su belleza.
Quien quiere convertir el
mundo en un paraíso sin Dios, lo transforma en un infierno.
El mundo sería menos malo,
si los buenos fuesen mejores.
En este mundo materialista,
cada persona se cree un dios (soberbia, dinero, sabiduría, poder...)
adoran las cosas creadas y no adoran al creador. ¡Qué sabiduría tan
necia!
El mundo será de quien le
ame más y se lo demuestre mejor.
Las dificultades no están en
el mundo, están dentro de nosotros.
Este es el remedio del mundo:
si la enfermedad es el egoísmo, la medicina será el Amor. No nos
engañemos, éste es el Evangelio y ésta su doctrina, el Amor.
En nuestro siglo será el
triunfo de Cristo, si se vive el precepto de Cristo en el mundo:
¡Amaos!
El principal problema en el
mundo actual es la falta de Amor, la ausencia de Dios.
Frente a nosotros tenemos un
mundo alejado de Cristo, que es urgente llevar a Él.
Hemos de hacer la más
notable afirmación religiosa, en un mundo que va perdiendo el sentido
de lo divino.
Mirando al mundo en que
vivimos, diríamos globalmente que es una generación indiferente al
problema religioso, al problema de Dios, al problema del alma, de la
eternidad; estamos ante una sociedad sin espíritu y sin Dios.
El mundo no se entiende
porque se ha olvidado de Dios.
La gente busca al hombre de
Dios. La respuesta al mundo debe ser nuestra fe.
El mundo de hoy necesita
urgentemente buscar el corazón de Cristo, vivo y palpitante en el
Evangelio.
El mundo de hoy encontrará
en el Evangelio la justicia reclamada por los jóvenes, el Amor con
mayúscula, la paz, la esperanza que tanto necesita el hombre de
nuestro siglo.
Nuestro mundo necesita
urgentemente un corazón nuevo.
El mundo de hoy está
esperando almas de oración.
Imposible salvar el mundo de
hoy sin una acción vitalizada por la fe y la caridad.
Si queremos llevar este mundo
moderno, materialista y paganizante a Jesucristo, será a base de
unirnos todos los sacerdotes y fieles en un frente común.
Hemos de coger lo mejor de lo
nuevo y lo mejor de este mundo. No es nada fácil adaptarse a la
mentalidad del Concilio.
El fin grandioso del mundo
mejor, es encarnar el cielo en la tierra, lo divino en lo humano.
Debemos crear en el mundo la
conciencia del Pueblo de Dios.
Esta generación se puede
salvar solamente a este precio: que creemos una comunidad en la que se
respire a Dios.
El mundo está mal, ¿qué
haces tú para que esté bien?
El mundo te llama: halagos,
placer, temor a la Cruz, al sacrificio... ¡Señor!, átame bien a tu
Cruz con los clavos de tu amor para que no me marche.
El nuevo mundo que esperamos,
no llegará mientras no nazcan en el corazón de los hombres mentes
nuevas y corazones nuevos que puedan hacer un mundo nuevo. Para
lograrlo sólo hay un camino, el que enseñó el Maestro: "Nacer
de nuevo".
El mundo es hermoso si, a
través de él, se ve a Dios si no, es una hermosa mentira.
El mundo está lleno de
analfabetos religiosos que no saben leer a Dios en el libro de la
vida.
No estamos viviendo uno de
los peores momentos de la historia, pero sí uno de los más
importantes. Frente a nosotros tenemos un mundo alejado de Cristo, que
es urgente llevar a Él.
No hemos de temer al mundo,
lo hemos de salvar. "No temáis al mundo, yo lo he vencido "
El mundo, a pesar de las
muchas ocasiones que encuentra para distraerse, se aburre
tremendamente, aunque parezca una paradoja. La llave de la felicidad
está dentro de nosotros, no fuera. Es el corazón el que da la
alegría.
El verdadero rico en este
mundo, es el que vive contento.
Queremos llenar el mundo de
amor y prescindimos del único amor que es capaz de llenar el mundo:
¡Cristo!.
El mundo es un cuerpo sin
sangre porque no la hemos bebido.
Estamos transformando la
técnica, que mueve el mundo y olvidando el espíritu, que le alienta.
Que en ningún momento nadie
se atreva a decir: "Este mundo no se puede salvar". El
Señor, ayer como hoy, puede hacer maravillas.
Que el materialismo no siegue
nuestro futuro y nuestro mundo superior.
La única solución al
problema mundial es devolver a Dios al mundo.
Un mundo sin Dios es un mundo
inhumano.
La sociedad de consumo nos ha
hecho comodones y cobardes.
Si en el mundo hay más odio
que amor, la victoria será de la muerte; pero si hay más amor que
odio, la victoria será de la vida.
Vivimos en un mundo enfermo.
Un mundo que ha llegado a metas extraordinarias en la ciencia y en la
técnica. Un mundo donde se ha conseguido llegar a la luna, pero no se
sabe vivir en la tierra.
Esta tierra no necesita
cañones: sólo hace falta amor y compasión.
Nuestro mundo está amenazado
de la catástrofe del odio.
El mundo necesita bondad y la
bondad sólo se encuentra en Dios.
El general Omar Bradley, una
vez que le pidieron opinión sobre el mundo actual, dijo: "El
nuestro es un mundo de gigantes nucleares y enanos éticos. Sabemos
más de guerra que de paz, más de matar que de vivir. Hemos
desentrañado el secreto del átomo y hemos olvidado el sermón de la
montaña".
A un mundo que se aburre, hay
que hablarle de Dios no como calmante de penas, sino como compromiso
para la vida. Nuestro Dios es un Dios de vida.
La sociedad está invadida
por un materialismo aplastante.