La evangelización del mundo
infiel pesa sobre la Iglesia.
Valorar las vocaciones
misioneras. Cantar un Te Deum cuando salgan vocaciones
misioneras.
Los misioneros son las alas
de la Iglesia.
Toda la Iglesia debe ponerse
en estado de misión.
Todos somos Iglesia y las
misiones son la Iglesia en crecimiento.
Misionero..., palabra mágica
que es todo un panegírico. Misionero..., hombre cuya idea fija es
Jesucristo muerto en la cruz, con los brazos abiertos para abrazar al
mundo entero. Misionero..., palabra luminosa que hace pensar en un
rayo de gracia que penetra en la oscuridad de muchos corazones para
alegrarlos con la sonrisa de Dios. Misionero..., conquistador
aguerrido que nunca retrocede y nunca pone medida al sacrificio.
Misionero..., centinela de la fe, cuya vista anhelante traspasa tres
infinitos: la multitud de almas por salvar, los sufrimientos de Cristo
con qué rivalizar, y la santidad de Dios que glorificar.
Misionero..., embajador sublime que lleva a las almas al abrazo de
vida dejado por Cristo en la Cruz. ¡Misionero!: enviado de Cristo,
portador de Cristo, ¡Cristóforo!
Heroica es la vocación del
misionero... Como rasgado el corazón, da el último adiós a sus
padres, hermanos, amigos... ¿Sacrificio grande? Sólo Dios puede
exigirlo... Deja su patria..., arde en deseo de salvar almas..., le
esperan sacrificios, sinsabores, desagradecimientos, privaciones... No
le importa..., mayor es la llama del amor a Cristo y a las almas, que
inflaman su pecho. ¡Unos cuantos jóvenes y el mundo sería otro!
Piénsalo..., pide al Señor santos misioneros ¿No serás tú uno de
los llamados?
Santa Teresa del niño Jesús
fue tan misionera como San Francisco Javier, precisamente porque oró
y se sacrificó hasta la muerte por las misiones.
Un misionero de África fue
preguntado: —¿Tiene miedo? —Tengo un solo miedo: morir sin haber
amado bastante.