Era en un hospital. El
director decía al paciente: "Quédate, quédate aquí; aquí,
nada te faltará". Y el paciente respondía: "¿Que no me
faltará nada? Me faltará mi madre, que es la mejor medicina.
La madre que educa da dos
veces la vida.
¿Sabes cuál ha de ser tu
consigna ahora... y después, cuando seas madre? No decir ni hacer
absolutamente nada de lo que puedas avergonzarte delante de tus hijos.
No decir, no hacer nada que ellos no puedan imitar.
Necesito madres valientes que
me ofrezcan a sus hijos para que yo haga lo que quiera con ellos. (Jesús Urteaga)
El amor de la madre es el
símbolo supremo del amor humano.
"Una buena madre —ha
dicho Jorge Herber— vale por cien maestros de escuela".
Los hijos son la corona de
las madres.
El paraíso de las madres
está junto a las cunas de sus hijos.
Una madre debe vivir
consagrada al hogar, porque de su esmero depende la paz, la salud, el
provecho espiritual y material de la familia.
Un pueblo que ama a su madre
no se puede perder.
Decía un cardenal: "la
vida humana será bella mientras un corazón de madre siga palpitando
en la tierra".
Da miedo decirlo, pero es
necesario decirlo: si continuamos con el ritmo de hoy, vamos a la
destrucción, a la desaparición en el mundo, porque nuestras mujeres
no quieren los sacrificios de la maternidad ni, nuestros hombres, el
peso de la paternidad.
El porvenir de los pueblos,
más que en los jóvenes, está en las madres de los jóvenes.
El nombre de la madre se
encuentra escrito en el corazón. Es el nombre más tierno de cuántos
encierra el diccionario.
Muchas madres saben traer los
hijos al mundo, pero no saben llevarlos por él.
¡Madres! Sois omnipotentes.
¡Madres! ¡Madres cristianas! No sois sólo el molde de los cuerpos;
sois el troquel de las almas. Los hombres serán lo que queráis
vosotras. ¡Madres! La sociedad está corrompida; sed puras y la
purificaréis. ¡Madres! La familia se deshace; abrazad con amor a
vuestro esposo y a vuestros hijos, y la reconstruiréis. ¡Madres! Los
jóvenes son frívolos y sensuales; sed vosotras graves y austeras y
los transformaréis. ¡Madres! Los muchachos no rezan ni se confiesan;
hacedlo vosotras con vuestros hijos y los santificaréis. ¡Madres! No
hay sacerdotes de Cristo que prendan su fuego en el mundo; no lo
neguéis a vuestros hijos y por ellos lo salvaréis. ¡Madres!,
recordad que sois poderosas por el amor, sois omnipotentes por las
lágrimas.