Si estás en gracia de Dios,
contribuye, pues, a la buena marcha de la familia divina, cumpliendo
tu deber pequeño de cada día.
También en el mundo está
Dios. Lo que sucede es que no sabemos descubrirlo. Diviniza la vida,
vive la vida con Dios o, mejor, vive a Dios en la vida.
La mayor ilusión de un
cristiano es vivir en gracia y en lograr que vivan así el mayor
número de hermanos.
El cristiano que está en
gracia es feliz, absolutamente feliz. Es como un foco de luz que
disipa las tinieblas que lo rodean. Es fuerza y alegría. Con la
alegría espontánea que nace de saberse hijo de Dios, hermano de
Cristo y templo del Espíritu Santo.
No te contentes con conservar
la vida divina, hazla crecer en tu alma.
Sin el billete de la gracia
santificante no se puede ir al cielo.
Lo mismo que cuando un
prisma, traspasado por los rayos solares, se transforma en colores, lo
mismo sucede cuando la gracia de Dios traspasa el alma.
No perder nunca de vista la
visión general: cooperación con la gracia de Cristo para la
renovación del mundo.
El pasaporte es
imprescindible para entrar en cualquier país. Para entrar en el cielo
se nos exige un pasaporte divino: ¡la gracia! Si en el momento de la
muerte lo hemos perdido, ¡condenados eternamente!
La gracia es una inyección
de vida sobrenatural, divina.
Que seamos cristales limpios
para transparentar la gracia.
Hemos de meter a Cristo en
nuestra vida, viviendo en gracia.
La gracia es el cielo en
germen.