El Evangelio no es un libro,
es todo un programa de vida, es la boca de Jesucristo, es el ejemplar
divino de la santidad.
El Evangelio es este hecho
fundamental: el Hijo de Dios se hizo hombre y murió en la Cruz para
salvar a los hombres y hacerles ver todo el Evangelio a través de
este hecho.
Hay que vivir el espíritu
del Evangelio.
El Evangelio no es un libro
más, es un ser vivo, dotado de tal vigor y poder, que conquista todo
lo que se le presenta.
Abriendo el Evangelio, la
claridad de Jesús se acerca.
En el Evangelio encontraremos
la verdadera figura de Cristo, ya que en él se ha fotografiado a sí
mismo.
El Evangelio no es la palabra
de un hombre, sino del Hombre-Dios. Decimos más: el Evangelio, más
que su palabra, es Él, precisamente Él, Jesús.
El Evangelio no es
únicamente el Sermón de la montaña, sino que es, sobre todo, el
hecho histórico del Verbo que se ha hecho carne por nosotros y por
nuestra salvación.
El Evangelio es una doctrina
de vida.
Leyendo las páginas del
Evangelio uno cree ver a Jesucristo y oírlo.
"Ignorar el Evangelio es
ignorar a Jesucristo" (S. Jerónimo).
Los Evangelios son unas
cartas vivientes que Jesucristo nos ha enviado desde el cielo, para
nosotros..., pero ¡apenas si las hemos sacado del sobre!
Sin leer, profundizar y
meditar el Evangelio, jamás conoceremos a Jesucristo. Nuestra fe
permanecerá lánguida, nuestro amor será frío y nuestra piedad
dolorosamente seca. (Salvador Canals)
El Evangelio, no solamente
hay que leerlo, hay que vivirlo.
El Evangelio está hecho para
cambiar vidas.
Santa Teresita decía:
"Después de leer y conocer el Evangelio no me gusta ningún otro
libro".
El que no conoce el Evangelio
no sabe que tesoro se le escapa.
Mucho más desgraciado es el
que, teniendo al lado el Evangelio y sus maravillas, lo ignora y de
ello no se aprovecha.
Tenéis que practicar y vivir
el auténtico Evangelio, haciendo fructificar los "talentos"
de las parábolas. Tenéis un ideal: Cristo; a Él debéis estar
unidos como el sarmiento a la vid, si queréis dar fruto... Tenéis
una vida: la gracia; tenéis una misión; el apostolado.
Lo difícil de entender del
Evangelio no han sido los milagros, sino el amor.
El Evangelio no es un libro
basado en el temor y la timidez: convida en todas las páginas a
caminar con audacia en el nombre del Señor, hacia un mundo que hay
que salvar.
Hoy, como siempre, el
Evangelio sigue siendo luz para la vida del hombre.
Es necesario introducir todo
el Evangelio en toda la vida.
Hemos de llenar el mundo de
Evangelio.
Mirando el Evangelio debemos
meditar si nuestra vida va por el camino que nos traza el Evangelio.
El Evangelio es un mensaje a
los fuertes y a los insatisfechos.
El Evangelio, encarnado en
cada uno de nosotros, es el único que puede dar vida al mundo.
El Evangelio debe ser tu
libro de meditación, el alma de tu contemplación, la luz de tu alma,
el amigo de tu soledad, tu compañero de viaje. Que se habitúen tus
ojos a contemplar a Jesús como hombre perfecto, que llora por la
muerte de Lázaro y sobre Jerusalén; a verlo padecer el hambre y la
sed, habituarte a contemplarlo sentado en el pozo de Jacob, cansado
del camino y esperando a la samaritana, multiplicando los panes y los
peces y regalando a la viuda de Naín a su hijo resucitado. (Salvador Canals)
Jesús te dice: "yo sé
que los sermones de mis sacerdotes no serán muy interesantes, pero,
por eso, procuré dejaros un retrato mío, lo más fiel posible, mi
testimonio más vivo y elocuente. ¿No habéis leído nunca mi
Evangelio?
El Evangelio es la vida que
Dios está llevando entre los hombres; donde se ve como trata Dios a
los hombres y cómo los hombres tratan a Dios (mejor dicho, cómo
maltratan a Dios).
El Evangelio necesita de
almas valientes. ¿Quieres tú serlo?
La lectura del Evangelio nos
pone al habla con Dios.
Hemos de buscar en el
Evangelio, primero, a la persona de Cristo, para conocerlo mejor,
acogerlo y encontrarlo. Un Cristo que vive sencillamente entre los
hombres, presente en un mundo, en unos sucesos, en una historia: un
Cristo, rostro humano de Dios. Hijo único del Padre y testigo de su
amor por los hombres.
Con el Evangelio en el
corazón se puede transformar el mundo.
Quien no ha escuchado las
bienaventuranzas, no conoce el Evangelio, quién no las ha meditado no
conoce a Cristo.
Sin el Evangelio no se puede
hablar bien de Cristo.
El Evangelio siempre dice
cosas nuevas... "El que tenga sed, que venga a mí y beba".
Esa frase, caiga donde caiga, siempre hará mella.
Cuando se habla con el
Evangelio en la mano, las palabras tienen sabor infinito.
Si el Evangelio se presenta
tal como es, allí se encuentra la vida en toda su plenitud.
Actuación leal del
Evangelio; si es sacerdote, vivir su sacerdocio; si esto se cumple, el
mundo va tras el Evangelio.
El Evangelio no se anuncia
únicamente por la predicación oral, sino, sobre todo, por la vida.
Viviendo de su Espíritu, es como la Iglesia muestra a Cristo y
expande el nombre de Jesús como un perfume.
No cabe progreso humano, sino
pasando por el Evangelio.
El Evangelio es, de punta a
cabo, una invitación al apostolado directo y una invitación a
caminar sobre las aguas. Así es como lo entendieron los discípulos.
Los hechos de los apóstoles no son más que la historia de la
fidelidad animosa de los discípulos de Jesús, enfrentados con el
mundo pagano y penetrándolo. "No podemos por menos de
hablar", dirán ante sus jueces. Entre esos discípulos, las
mujeres ocupan un lugar especial.
El Evangelio es la realidad
del Dios vivo, dado al mundo en Jesucristo, muerto y resucitado y
transmitido al mundo en la experiencia eclesial del Espíritu.
El evangelio es una
invitación, no una imposición.
Sí, la fuerza del Evangelio
está en vivirlo.
La lectura espiritual y el
Evangelio deben ser nuestro alimento.
El Evangelio no es una
historia que pasó; es una historia que está pasando.
El Evangelio es la boca de
Cristo.
En el Evangelio, Cristo se
revela; en la Eucaristía, se entrega.
El Evangelio es un tesoro que
no tenemos derecho a esconder; hay que proponerlo a todos con nitidez.
El Evangelio de Cristo no es
una invitación a la pereza. La ociosidad es enemiga del alma.
Los evangelios no fueron
escritos para que sepamos cosas, sino para que creamos. Son mensajes
para la fe.
Imitar a Maria es prolongar
su "sí" en nuestra vida: "Hágase en mí..."
Maria no es una
"diosa", es una mujer. Es de nuestra raza. Es miembro de la
Iglesia. Es una creyente, como nosotros, que nos sirve de modelo.
No se puede evangelizar sin
alegría. La buena nueva es que Dios es amor y quiere estar en medio
de nosotros.