Sembremos sin prisas una cosa
que siempre es fecunda: la esperanza.
La esperanza favorece la fe.
La esperanza es la que vence
al temor y al pesimismo. Cuando falta la fe, no es posible la
esperanza.
Perder el sentido de la
esperanza es encerrarse en el "hoy", hundirse en el
"ayer", y ver sin sentido el "mañana".
Cuando la esperanza cristiana
deja de ser viva, surgen los intereses, los egoísmos y la desunión.
El corazón está lleno de
miedo porque está vacío de esperanza.
Desde la cima de la
esperanza, oteamos la historia con deseos de luchar por una existencia
nueva con resurrección en sus entrañas.
El futuro no se regala, se
construye.
La esperanza cristiana no
lleva a desentendernos de los problemas reales de la vida temporal.
Hacen falta testigos y
sembradores de esperanza.
Un problema actual es el
pesimismo, la falta de esperanza.
Sin esperanza, la vida se nos
hace pesada y pierde todo sentido. Hemos de saber transmitir
esperanza.
Se puede vivir con carencia
de cosas, pero no se puede vivir sin esperanza.
La persona con esperanza es
capaz de intuir que hay un mundo mejor y se esfuerza por conquistarlo.
No hay nada peor que convivir
con un profeta de calamidades y sin esperanza.
Bienaventurados aquellos que
no pierden nunca la ilusión de esperar.
Nunca se da tanto como cuando
das esperanza.
Saber esperar es una cualidad
fundamental.