El diálogo que enseña Pablo
VI supone una completa ascética originalísima y casi desconocida
para dejar que hablen los demás: no callar demasiado, porque entonces
no hay diálogo; escuchar, respetar, responder para estimular, no
responder para sofocar; aceptar, corregir, completar, alabar,
enriquecerse con la verdad de los demás. Se debe dar satisfacción a
un campesino, que alguna vez dice una verdad que no conocíamos;
detenerse con un obrero, que acaso habla de la dureza de la vida como
nosotros no sabemos hablar.
Dialoguemos con todos y
estemos ciertos de que siempre hay algo que aprender. Y ese algo es un
rayo de Dios. Toda verdad es un rayo de Dios.
Entrar en la Iglesia,
reunión de grupo, de equipo... con alegría de dar, con hambre de
recibir, con generosidad de compartir... nuestras angustias y
esperanzas. En perfecta y gozosa comunión con todos.
Emerson: "Todos los
hombres que encuentro son superiores a mí en algún sentido y en tal
sentido puedo aprender de todos".
En el verdadero diálogo, no
hay vencedores ni vencidos, sino enriquecidos.