Preguntaron un día a
San Francisco de Sales de qué manera se podía crecer en el amor de
Dios. —Amando—, respondió. Así como se aprende a leer leyendo y a
escribir escribiendo, de la misma manera se aprende a amar a Dios
amándole.
El amor de Dios y el
amor propio son como los dos platos de una balanza: si uno sube, el otro
baja.
En nuestras reuniones
hemos de recordar: 1) que tenemos un Padre, Dios; un maestro, Cristo;
una Madre, María, y 2) que todos somos hermanos.
Dios-Padre, que te
ama; Dios-Hijo, que te redime; Dios-Espíritu Santo, que completa dentro
de ti la obra santificadora. ¡Un Dios en tu corazón! ¡Qué honor!
¡Qué deberes!
Hemos nacido para
hundirnos en el seno infinito del amor de Dios.
El amor de Dios es la
fuerza más poderosa del mundo.
Amar a Dios y no amar
al prójimo es desintegrar la Encarnación del Hijo del Hombre. Nosotros
no seremos cristianos si no amamos a los miserables como a Cristo.
No os
canséis nunca de amar, pase lo que pase. Todas las cosas pasan; lo que
permanece es el amor de Dios.
El nacimiento de
Jesús es el primer beso de Dios al hombre, continúa en la Eucaristía
y termina en la Cruz, para dar luz. ¡Cielo!
En el Cenáculo se
desbordó el amor (Dios se da a los hombres); en Getsemaní, la amargura
(es lo que los hombres dan a Dios, pecados)
El Cenáculo, noche de
amor. Getsemaní, noche de dolor.
El amor
nos ha creado, nos ha redimido, nos ha divinizado. Dios nuestro Padre es
el amor.
Dios clavó todo su
poder en la cruz, para que no veamos en Él más que amor.
¿Para qué hemos sido
creados? Para conocer a Dios y hacer que lo conozcan, amarlo y hacer que
lo amen, servirlo y hacer que le sirvan.
Meditamos para recoger
el amor de Dios.
Una sonrisa hecha por
amor a Dios y el prójimo vale más que todos los chistes que se puedan
dar en un circo.
San Vicente de Paul
decía: "No es suficiente que yo ame a Dios si mi prójimo no lo
ama".
El amor de Dios se manifiesta en
Jesucristo.